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Érase Una Vez...

Érase una vez... Una Chica a la que le gustaba escribir Historias Oscuras. Su Madre no llegaba nunca a comprender los Motivos que la llevaban a convivir con Brujas, Demonios o Vampiros. Pero sin Ellos, sus propios Monstruos no tenían Voz. Y, cuando el Dolor se la comía por dentro, encontraba, en la Oscuridad y en todos sus Protagonistas, una forma segura de que no la devorasen. Érase una vez... Una Chica a la que también le gustaba escribir Historias Épicas. Su Madre no llegaba nunca a comprender que, entre latido y latido, le naciesen Espadas, Fortalezas y Batallas. Cada Guerrero, que surgía de su Imaginación, era un Soplo de Valentía. La Esperanza que rugía en sus Tripas, cuando no deseaba levantarse de la Cama.  Érase una vez... Una Chica que, además, escribía Historias de Amor. Su Madre no llegaba nunca a comprender sus Días Tontis, dibujados con Purpurina y Pompas Multicolor. Pero sin esos Días... Sin esos Días, no podía Respirar y hubiera muerto hacía mucho tiempo ya.  Érase una
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Espuma De Cerveza

Las dos jarras de cerveza se miraban de frente, a punto de comenzar un Duelo a filo de Espuma. Heladas, como las Miradas que se desafiaban a cada extremo de la mesa, se estremecían entre las voces de los parroquianos habituales del "Gato Tuerto".  Seren, quién le había dado una patada hacía años a su título de Lady, acariciaba el preciado metal que protegían sus dedos, mientras sopesaba si darle un trago a la amarga cerveza o verter su contenido contra el rostro del Hombre que la había citado en aquella Taberna.  Arvid estudiaba a Lady Seren sin disimulo, atento a cada cambio en su Respiración, disfrutando de las Luces que bailaban en sus ojos, cuando uno de sus Pensamientos parecía cambiar bruscamente de Dirección. A modo de escudo, se llevó la jarra a la boca y, con la tranquilidad de rastreador que poseía, permitió que el líquido se deslizase con lentitud por su garganta, eternizando el tenso momento.  - Creí que no os volvería a ver. Tras la Caída de Gamli, desaparecistei

Hohkönigsburg

Un cuerno resonó a lo lejos y su gemido se extendió por toda la ladera. En el valle, los tambores de guerra lanzaban sus advertencias. Era un ritmo constante, penetrante y tan sumamente asfixiante que el corazón sentía la necesidad de chillar, hasta romper con cada uno de sus latidos. Zora se tapó los oídos, tratando de que la horrible melodía no impregnase su ánimo, ni le robase la fuerza que necesitaba para seguir caminando. La tormenta, envidiosa de la canción que se deslizaba por el bosque, escupió toda su furia, convirtiendo la lluvia en un nuevo enemigo al que batir. Furiosa, las gotas golpeaban en todas las direcciones, desdibujando el sendero que debían seguir. Tass encabezaba la marcha y, al fondo, rasgando el ulular desesperado de una lechuza, la voz de Patas Largas llegó como un murmullo perdido en la lejanía. Zora miró hacia atrás, tratando de encontrar la silueta de Hohkönigsburg  entre la foresta, pero lo único con lo que se toparon sus pupilas fue con los ojos tristes de

Las Cartas de Lía

Querida Lía: Siete años. Ya han pasado siete años. Y, todavía, siento palpitar la Cicatriz debajo de mi Pecho. De vez en cuando, me visitan los Fantasmas que hacían mis Madrugadas Eternas y que pactaban con Morfeo para no dejarme dormir. Y, si cierro los ojos con mucha, pero mucha Fuerza, puedo escuchar mis Puños golpeando con Rabia el colchón y los Gritos que mi Garganta no podía emitir. Siete años… Y no he sido capaz de volver a leer… De volver a leerme. ¿Cómo regresar a esas Palabras en las que Él lo inundó Todo hasta ahogarme? ¿Cómo? ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo leer a quién era Yo entonces? A ese Yo que borraba la Tinta de sus Letras con Lágrimas. A ese Yo perdido. Sin rumbo. Destartalado. Y dolorido.   Ochenta y cuatro meses después. Tres relaciones fallidas. Una Micro-Historia de Amor de Verano. Y dos Amores Platónicos. Tres relaciones fallidas. Pero… ¿Cómo no iban a serlo? Si, por aquel entonces, ni tan siquiera podía quererme a mí misma. Ni mirarme en el Espejo.

Princesa

Tengo una PRINCESA viviendo en mi Interior.  No es una PRINCESA cualquiera: Viste con Chupa Motera, Tutú de Bailarina y Botas Militares.  Duerme sobre Rodelas y Escudos Vikingos.  Sueña con CUENTOS DE HADAS . Y, cuando YO no la miro, con el AMOR . A veces, se asoma a mis Ojos y hace Equilibrios sobre la Cinta de Purpurina que conecta mi CORAZÓN con mi CEREBRO .  A veces, se asusta y se esconde.  Y. cuando Alguien la descubre, se ruboriza hasta que aparecen Cerezas brillando en sus Mejillas.  Sí... Tengo una PRINCESA viviendo en mi Interior. Para Ro... Y por esas veces en las que tu PRINCESA se sienta a beber cerveza y a comer patatas fritas con mi PRINCESA . 

Tengo Un Cuaderno...

Tengo un cuaderno donde te escribo todas las Palabras que no te digo. Donde oculto mis Sueños para que, al pasar las Páginas, encuentren su Camino cabalgando en el Viento. Donde, a veces, escribo con Lágrimas y borro la Tinta gota a gota. Donde, otras veces, escribo con Sonrisas Tontis al pensar en ti.  Tengo un cuaderno... Un Gran Puñado de Cicatrices en el Alma y la Esperanza Estúpida de que Tú te hayas fijado en mí.  Tengo un cuaderno. Y una colección de Estrellas Fluorescentes, un par de Tuercas Alienígenas, un Escondite Secreto de Chocolate... ¡Y muchas ganas de Bailar en la Cocina! O en el Salón... O en cualquier sitio dónde haya Música para mí Corazón.  Tengo un cuaderno... Donde escribo que también tengo Miedo. Y Fantasmas que me vigilan las Ilusiones... Donde me guardo algunos de los Silencios que se esconden en mi Voz. Donde, un instante después, siempre, siempre, me Armo de Valor. 

El Vendedor De Poemas

Era un pequeño carromato de madera,   diseñado al más puro estilo steampunk. Es decir… Un carromato ambulante que, en algunas ocasiones, parecía un tanto destartalado. Sin embargo, en su interior, se podían encontrar todas las Palabras que existían en el Mundo. E, incluso, de vez en cuando, aparecía alguna que aún no había sido inventada. En un cartelito colgante, en su costado izquierdo, se podía leer “VENDEDOR DE POEMAS” . Las Letras solían cambiar de color con cada estación del año y, si te atrevías a quedarte en silencio, podías escuchar a las diminutas musas jugar entre las sílabas. Era un Poeta Sin Nombre, pues aún no había encontrado ninguna Palabra que se ajustase a quién era en Realidad. Había buscado en muchos libros, en cientos de ciudades perdidas y, una vez, hasta se arriesgó a buscar en el interior de una caja de galletas. Pero… ¡Nada! ¡Su Nombre no aparecía por ningún lado! Y, por ello, siempre buscaba la perfección en cada uno de sus Poemas… Al menos así, podría