Las Estrellas jugaban al “corre-que-te-pillo” con las
Nubes, zafándose de la Luna que, inútilmente, trataba de delatar sus posiciones.
Era tan sumamente brillante en aquella Madrugada que, la Plata que la cubría,
hubiera podido cegar al Sol.
Paz.
Tranquilidad.
Un instante de Soledad.
Paz, tranquilidad y un instante de Soledad era lo único que
le había pedido a la Noche. No aspiraba a más, ni tan siquiera a poder fundir
su cuerpo desnudo con un cómodo colchón en una hospedería de mala muerte o, en
el más extraordinario de los casos, acompañarlo con un buen edredón de plumón
de ganso. Y, sobre todo, de un desayuno caliente.
Recostado sobre su manta de campaña y dejando caer todo su
peso sobre el codo izquierdo, Ansgard arrugó la nariz cuando, travieso, un copo
de nieve hizo equilibrios en su punta, deshaciéndose segundos después. Sentía
el Frío morderle la piel bajo el peto de cuero, pero agradecía sus dentadas
feroces, pues le recordaban que su Alma se erizaba ante el contacto, aunque aquel
roce no tuviese nada de humano.
Las órdenes habían sido claras. Tan concisas y despiadadas
que le costaba asumir que, al cumplirlas, una parte de sí mismo moriría. Otra
vez. Moriría. Y no sabía si lograría volver a vivir. Las Dudas le corroían las
entrañas, provocándole incómodos retortijones que apenas le permitían
descansar. Se estaba consumiendo lentamente. No quería llevar más culpas sobre
sus hombros… ¡Suficiente tenía ya con soportar la maldita armadura! Sin
embargo… La Sensación… Esa Sensación que le destrozaba el Alma durante cada
Ataque y que, al mismo tiempo, le embriagaba como si fuera el más exquisitos de
los licores, era extraordinariamente adictiva. Ese Poder e Invulnerabilidad que
le recorría la columna vertebral, en una sucesión de Fuegos Artificiales, culminaba
en un gran estallido que le instaba a olvidar la carga que soportaban los músculos
del cuello, los antebrazos y las obligadas guardias que debía adoptar y que
ignoraba, en pos de un nuevo Enemigo al que destrozar.
Berserkers
Así los habían bautizado y, como en la época de los
Demonios del Norte, su fama era merecedora de Odio, Terror y Huida. Excepto en
los Bosques que ocultaban Loarre con una densa capa de pinos cubiertos de
blanco, donde su popularidad no era más que una motivación extra para defender
los Ideales que se protegían tras los muros de la Fortaleza Rebelde.
- ¡Juuuummm! – Ahogado, por los espesos círculos
de humo blanco que manaban de una pipa de madera, un suspiro traspasó los
Pensamientos de los buitres que dormitaban en la pared rocosa de la montaña. -
¡Juum! ¡Juuuum!
- ¿¡Qué!? – Despertando a su brazo entumecido,
Ansgard se giró lentamente, encarándose con su Hermano de Sangre. Se topó con
la sonrisa socarrona de Ulf, enmarcando la boquilla de su pequeña chimenea,
mientras se tragaba las ganas de reírse a carcajadas. – Espera… ¡No! ¿No vas a
cansarte nunca? Eso pasó hace tres meses y…
- Y terminaste enredado entre las piernas de
aquella mujer… ¡¡Ja!! “¡¡¡Síííí!!! ¡¡Ansgard!! ¡¡Dámelo todo!!” – Una vocecita
chillona salió de la boca de Ulf, en una clara imitación burlona de la última
conquista del Berserker. – “¡¡Vamos!! ¡¡Sííííí!! ¡¡Más!! ¡¡Más!! ¡¡Quiero
bañarme en tu sangre!! ¡¡Ansgard!! ¡¡Sacrifiquemos tu Virilidad a los Dioses!!”
- ¡¡Cállate!! - Un rubor inusual ascendió con
rapidez por las mejillas de Ansgard, dotándole de un aire infantil difícilmente
disimulable. – En mi defensa diré que…
- ¿Qué dirás? ¿Qué te emborrachó de mala manera? –
La pipa se elevó con suavidad, entrechocándose con una copa invisible, en un
claro gesto de brindis imaginario. - ¡¡Ja!!
¡¡Pues sí!! ¡¡Lo hizo!! Y todos los sabíamos… Sabíamos que el jaoal tenía
ciertos condimentos especiales… ¡¡Ja!! Debo confesarte, viejo amigo, que jamás
creí que huirías con tanta rapidez de un enemigo… ¡¡Ja!! ¡¡Jamás podré olvidar
el rostro de Lady Skull con el cuchillo en la mano!!
Y Ansgard tampoco. Aún podía sentir la penetrante y
hambrienta mirada de la Dama clavándose en su entrepierna, un depredador ágil a
punto de lanzarse contra su presa, con la seguridad absoluta de que iba a devorar
un suculento manjar.
“Ese es el Precio, mi querido Ansgard…”, había susurrado
melosa contra su oído, “Ese es el Precio, mi querido Berserker…”
El apoyo del Ejército de Lady Skull era importante y, que
mejor forma de contar con sus Hombres, que mostrar, ante todo Dordoña, a los
Berserkers de la Reina de las Nieves. Había sido una cena incómoda y
surrealista, pues de todos era sabido que la Calavera Roja había enloquecido
tras la extraña muerte de su esposo y que, en sus dominios, se aplicaba una Ley
más parecida a la de la Santa Inquisición, que a la de un Territorio, en
apariencia, civilizado.
Pero, una vez más, con aquellos dones de invierno perpetúo
que el Nuevo Orden no había hecho más que embellecer, Valeska había hecho
alarde de su gran potencial. No solo de su excelente labia, convenciendo a Lady
Skull de que, un Berserker sin su miembro, era como un pollo sin cabeza:
Inútil, para cualquier cometido. Y que Ansgard era más valioso como Guerrero
que como eunuco y confesor. Sino que, además, había desplegado todos sus
encantos militares, engatusando a los Nobles del Castillo de Puymartin y
seduciendo a la Calavera Roja con promesas de venganza y juramentos de derrota,
en donde, las Cabezas de los Idealistas serían la futura decoración de su Salón
de Ceremonias.
- Valeska es inteligente – Una Sombra no invitada
se paseó por el rostro del Berserker, deshaciendo toda la Inocencia que, un
segundo antes, se había apoderado de sus mejillas. – Si esto no sale como
debería… Tiene un Gran As escondido. Se unirán a nosotros o perecerán como
todos los demás.
- Pssss… ¿Qué quieres que te diga? Tengo ganas de
hincarles el diente a esos cerdos utópicos. – Las pupilas de Ulf
resplandecieron en la Oscuridad, como si una Legión de Espectros hubiese
encendido antorchas azuladas en lo más profundo de su interior. - ¡Esto es una
puta guerra! No puedes mantenerte al margen. Y lo sabes. Tú mejor que nadie,
Ansgard. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Eh? ¿Cinco años? Al principio, solo
era un juego de críos, nos alistamos para luchar por lo que creíamos que era
justo. Y… ¿Ahora? Ya no hay Justicia. Solo una masacre tras otra. Pero…
¿Dejarlo? ¡¡Ja!! Hemos llegado demasiado lejos. Hemos derramado demasiada
sangre. Hemos perdido demasiado. ¡¡Ja!! ¡¡Joder!! En el fondo, me gusta. Le he
cogido el gusto a ser odiado y temido. Y tú también. Y lo sabes. Y sabes que no
miento.
Continuará...
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