Año 75 D.C. En algún lugar de Britania... Tenía los ojos del Lobo clavados en lo más profundo de su propia retina. Un fuego de naturaleza incandescente, rodeado de llamas verdes y audaces, como verdes y audaces eran los iris de aquel Animal que se erguía sobre dos piernas desnudas, recubiertas de sangre y hollín. Más allá de la piel que se escondía a partir de los muslos de la Bestia, el revuelto e hirsuto pelaje grisáceo envolvía el resto de un cuerpo, que, si no fuera por aquellas extremidades inferiores al descubierto, nada tendría de Humano. Todo el torso permanecía bajo el amparo del salvaje can, cuya feroz expresión se había fijado en las fauces abiertas de su cabeza sin vida, recobrando el aliento extinto, al coronar la frente de aquel Ser que danzaba junto al resto de su Manada. No había ni un ápice de terror en su rostro teñido de pintura negra, ni en la sonrisa burlona que se dibujaba en sus labios, en un claro gesto de provocación. Y, a pesar de que era más que con...