Las Estrellas jugaban al “corre-que-te-pillo” con las Nubes, zafándose de la Luna que, inútilmente, trataba de delatar sus posiciones. Era tan sumamente brillante en aquella Madrugada que, la Plata que la cubría, hubiera podido cegar al Sol. Paz. Tranquilidad. Un instante de Soledad. Paz, tranquilidad y un instante de Soledad era lo único que le había pedido a la Noche. No aspiraba a más, ni tan siquiera a poder fundir su cuerpo desnudo con un cómodo colchón en una hospedería de mala muerte o, en el más extraordinario de los casos, acompañarlo con un buen edredón de plumón de ganso. Y, sobre todo, de un desayuno caliente. Recostado sobre su manta de campaña y dejando caer todo su peso sobre el codo izquierdo, Ansgard arrugó la nariz cuando, travieso, un copo de nieve hizo equilibrios en su punta, deshaciéndose segundos después. Sentía el Frío morderle la piel bajo el peto de cuero, pero agradecía sus dentadas feroces, pues le recordaban que s...