domingo, 30 de noviembre de 2014

Anecdotario De Recuerdos

 Estudie Magisterio. Por vocación, devoción y convicción.

Estudie Magisterio porque quería enseñar, porque quería cambiar el Mundo, ayudar a los Peques a ser mentes pensantes y no borregos sin opinión… Lo que no sabía durante los tres años de carrera (Soy Diplomada, nada que ver con Bolonia) es que lo genial no iba a ser lo que iba a enseñar, sino todo lo que iba a aprender de los Peques, pues no hay nada más sorprendente y mágico que la Educación que los niños nos pueden llegar a dar a los adultos si se sabe ver y escuchar.

23 años. 23 años tenía cuando me dieron mi primer “destino”: Dos trimestres. Una tutoría. De un 6º de Primaria. En una ciudad de mi Extremadura. Un cole íntegro de gitanicos. Hijos de narcos de la zona en su mayoría. Un cole de esos que se denomina de “Difícil Desempeño” por encontrarse en un entorno marginal, desecho, de esos en los que nadie quiere acabar.

Una mañana del Segundo Trimestre me monté en el monovolumen gris metalizado de la compañera con la que iba a viajar, pues mi primera prueba como Maestra estaba a unos cuarenta minutos de distancia de mi ciudad natal. En un barrio periférico, recogimos al A.L (Maestro de Audición y Lenguaje) y, los tres, pusimos rumbo a… ¿Cómo denominarlo? ¿A la Locura? Sí. Locura. A una de las Locuras más asombrosas y extrañas a las que me he enfrentado en mi vida, no porque aquello fuese un caos que, en ocasiones lo era, sino por la cantidad de contrastes que descubrí.

Cuarenta minutos aproximadamente. Cuarenta minutos de nervios. De historias. De consejos. De “Empiezas por la puerta grande, ¿eh?”, “No sabes dónde te has metido…”, “Te ha tocado el peor curso de todo el colegio…

¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡Me acojoné! ¡Dioses del Averno! ¡Diablos! ¡Rayos y Retruécanos! ¡Maldita sea! ¿Cómo no iba a morirme de miedo con semejantes palabras y antecedentes? Sí. Antecedentes. Antecedentes porque a la tutora a la que sustituía estaba de baja por depresión. DEPRESIÓN. Por la cantidad de putadas que a la pobre le habían hecho como… La que más y mejor recuerdo es la de que los niños se cortaron el bello de sus partes íntimas y le dejaron, esparcidos por su mesa, de regalo, pequeños y finos hilo de pelo decorándolo todo. O.O U.U Y, que conste, que esto lo sé, no porque mis compañeros me avisaran de los hechos en sí, sino porque mis queridos alumnos tuvieron la amabilidad de contarme sus andanzas, acompañadas de la frase de “Maaaaaestra… Si contigo somos muy buenos…” Y teniendo en cuenta que las únicas tres incidencias “graves” fueron que una de las crías me llamo puta, un día me robaron el pomo de la puerta y otro me dejaron una silla en el descansillo de la escalera… Pues sí. Debo decir con rotundidad que sí, conmigo fueron buenos. 

Demasiados buenos.

Pero me acojoné. No puedo negarlo. El primer mes fue bastante complicado, ya no solo por algunas faltas de respeto y comportamientos no muy adecuados para niños de esa edad, sino porque sus rutinas eran muy básicas al no querer estudiar, ni tener un entorno detrás que los motivase y se preocupase por la Educación en cualquiera de sus ámbitos. De 9:00 a 10:00, solíamos hacer una especia de asamblea; De 10:00 a 11:00, simples cuentas de matemáticas, algún que otro problema, algo de dictado y un poco de lectura; Y el resto… Ahí era cuando todo se complicaba: En el resto. En llenar el vacío que quedaba hasta las 14:00 de una manera que les resultase entretenida y que fuese capaz de evitar cualquier tipo de discusión.

Hubo un momento clave. Un momento clave que marcó un antes y un después en nuestras rutinas. Una de mis Anécdotas de Maestra que con más cariño guardo dentro de mí. Un momento que me sirvió de aprendizaje, que, sin lugar a dudas, marcó en ese punto personal e identificativo que todo docente tiene en su metodología.

No importa si trabajas en un cole de “Difícil Desempeño” o en el cole más… Más… Dejémoslo ahí. Da igual. El caso es que los Peques te miden, te miden buscando tu Talón de Aquiles, esa debilidad que todos tenemos, una rendija por la que colarse y ver dónde está el límite, hasta dónde puedes llegar… Hasta dónde pueden llegar ellos.

P. Lo llamaré P por motivos de confidencialidad.

P era un crío de doce años, repetidor, con cierta tendencia a esconderse debajo de la mesa cuando le reñía, con un ligero déficit cognitivo y una curiosidad tremenda sobre el sexo, pues toda conversación solía centrarse en dichos temas. Una mañana, con esa risa de loquito y chulería que mostraba para que sus compis lo vieran como a un igual, se colocó a mi espalda y… “Maestraaaaa…”, se hizo una pequeña pausa, con aquel Maestra dicho en ese tono tan característico de los gitanicos, mientras meneaba las caderas al ritmo de una música que solo estaba en su cabeza, “¿Quieres hacer el amor conmigo?”

Vale. Momento clave. Y digo clave porque en un solo segundo te lo juegas todo. Todo. Absolutamente todo. De tu reacción ante una provocación, ante aquella proposición que de indecente solo tenía descubrir mi Talón de Aquiles, dependerá la relación con los Enanos los próximos meses…
Seré sincera. Ni pensé la respuesta, ni bajé como una desquiciada a Dirección a poner un parte. Aunque esa última opción era la esperada, la que demostraría que ellos me ganaban. No. La respuesta me salió sola, de forma intuitiva, cómo si cerebro reaccionase mucho antes de que yo misma fuese consciente de qué estaba diciendo. Así que… Así que solté un “No, P, No eres mi tipo… A mi me gustan más hombres, más hechos, con greñas, ya sabes….”

Momento clave.

Momento muy clave. Muy clave porque ninguno de mis Pequeños no tan pequeños se podía imaginar semejantes palabras, ninguno podía imaginar que no huyese como había hecho su tutora, que, de cachondeo y con gracia, les siguiese el juego, su juego y, de esa manera tonta y estúpida a más no poder, me gané su respeto, convirtiéndome en un “Ser Extraño”.

Y digo “Ser Extraño” porque otra de las anécdotas que tengo grabadas en mi Memoria se dio durante un recreo en el que me tocaba guardia y vigilaba sus conversaciones y meriendas de Sunny Delight y bocadillo (Todos los días. Lo mismo. Lo compraban en su supermercado cercano. Todos los niños del cole solían llevar la misma merienda.) No recuerdo muy bien de qué hablaban en sí, pero sí la frase de “Le vas a comer la P*ll* a mi abuelo y…” Y se armó la gorda… Me tocó llevarme al nieto ofendido (Como es lógico) y al magnífico orador a Jefatura de Estudios, donde su tutor se encontraba, junto con la psicóloga y la asistente social. Un hombre. Tres mujeres. Dos niños.

“Vamos M, cuéntale a tu tutor qué ha pasado…” M miró con una expresión de “¿qué me estas contando?”, negó con la cabeza y dijo “No, maestra… Que aquí  hay dos mujeres y no puedo contarlo…”

Un segundo. Creo que mi rostro mostró alucinación y sorpresa. Dos mujeres.

¿Qué soy? ¿Un extraterrestre? ¿Invisible?

“¿Y yo que soy?”, esa fue mi pregunta. ¡Joder! En serio, la pronuncié con curiosidad, esperando escuchar cualquier barbaridad, esperando oír cualquier otra cosa, menos lo que escuché.

“Tú eres hippy”.

Hippy. No soy hippy. Es decir, no creo que supiera lo que era hippy. Pero para M lo era.

Un rato después, psicóloga y asistente social me cogieron por banda y me estuvieron explicando que yo, como mujer, al vestir con tachuelas, pinchos, con mi estilo propio y particular, no entraba dentro de su cánones sobre cómo debe ser una y que, el ser distinta, al ser diferente a lo que veían como normal, les había provocado un impacto.

Impacto. Lo cierto es que dicho impacto, el ser su Hippy, me permitió llevarme a la Clase a mi terreno, a mi campo de juego… Descubrí que, en el fondo, no eran tan malos como todos creían, tampoco eran Santos, pero… Lo único que necesitaban eran que alguien tuviese el valor de sentarse y escuchar qué tenían que decir, qué tenían que contar… Y empecé a conocerles, a prevenirles, a hablar sobre sexo (Porque su información era casi nula y, bajo la condición, de que nada saldría de allí, más que nada por lo que podrían decir sus padres… Y me parecía importante que supieran cuidarse y cuidar a sus futuras parejas…), sobre la Segunda Guerra Mundial (Tema que les encantaba, por eso de que los nazis asesinaron a muchos gitanos.), sobre los Miedos, los Sueños, el Futuro…

Pero no todo era hermoso. Ni dulce.

Había momentos muy tristes. Momentos en los que los miraba y algo muy extraño se removía por dentro. Eran niños. Eran adultos. ¿O no? A veces pienso que no eran ni lo uno ni lo otro. Te hablaban sobre la ilusión de casarse, de formar una familia, de ese momento especial que es la pedida de la novia… Y, a la hora, los veías en la alfombra jugando a las construcciones, con los coches, coloreando, haciendo pulseras… Siempre me he preguntado si no es más que una especia de adultez impuesta, programada por su cultura, niños que no podía disfrutar de su infancia, pues debían prepararse, desde el momento de su nacimiento, para un rol ya predestinado, como una etiqueta pegada por ser hombre o mujer.

Momentos en los que B se pasaba una semana sin venir al cole, porque su mami venía corriendo a buscarle, asustada, pues pesaba una orden de ajusticiamiento sobre su familia, escapando de una reyerta entre clanes. Procedentes del Sur, habían terminado allí, para empezar de nuevo. ¿Empezar? ¿Vivir con miedo es empezar?

Momento en los que escuchabas “Mi papá tiene polvo blanco sobre la mesa del salón…” y sabías que el polvo blanco no era ni azúcar, ni sal, ni harina… Momento en los que sabía que los Pequeños hacían de correos de la droga…

Momentos…

Momentos en los que descubrí que tenía una colonia de bichos anidando en mi pelo. Y no me avergüenza reconocerlo. Tuve piojos. Me pegaron los piojos. Gajes del oficio. Putos bichos. ¡No se morían! ¡Joder! ¡Resistieron a un tratamiento que me hice dos veces! Y los condenados seguían ahí. ¡Aaaaaargggggg! ¡Ascazooooo! Desde entonces… Desde entonces, tengo lo que denomino el “Kit del Maestro” con repelente, loción, champú y liendrera en un neceser. Porque sí. Porque unos malditos y putos parásitos no me van a alejar de los abrazos ni de las muestras de cariño hacia los Peques… Aunque los odie a muerte… ¡A muerte y destrucción! Porque ser Maestra o Maestro es mucho más que dar lecciones sacadas de un currículum lleno de objetivos, contenidos, competencias claves y estándares de evaluación… Es mucho más de esa puta y maldita Ley de Wert… Ser Maestro se siente dentro del Corazón.

23 años… Tenía 23 años y parece que hace la misma vida de aquello… Tenía 23 añitos. Y, ahora, tengo 29. Y, gracias a los Dioses, he ido saltado de cole en cole de “Difícil Desempeño” desde entonces.

Tengo una teoría sobre este tipo de coles… Como te gusten… Como le cojas el gustillo a lidiar con Piojos, entornos desfavorables, pero ricos en humanidad… Estas perdido. Estas perdido porque no quieres otra cosa, no quieres descansar, te gusta la acción del día a día… Son retos personales, pero, sobre todo y es algo que no me cansaré de repetir, no es lo que yo puedo enseñar a esos niños, sino todo lo que puedo aprender, todo lo que me enseñan…


Será que hoy me he levantado sensible. Será que… Será eso. Que hoy tengo la sensiblería a flor de piel… Será… Será que ayer me encontré con parte de mi Pasado, en forma de música, de letras, de sensaciones, de recuerdos… Será que soy una moñas… Que, en el fondo, aunque no quiera, siempre lo seré… 


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Tsunami

Hablar.
Hablar con sinceridad. Sin tapujos. Sin pelos en la lengua. Con descaro. De frente.
Hablar. Escribir. Hablar.
Pero siendo tú mismo. Tú mismo en todas tus facetas.
Hablar. Escribir. Hablar.
Y, de pronto, callar. Callar. Callar por un motivo. Por uno solo.

Callar.

Es peor cuando callo que cuando hablo, pues cuando callo, cuando las palabras se enmudecen, es fruto de un “clic” metálico, de un cambio, de algo que no debió ser, pero fue. No hay nada más estremecedor que un Corazón huracanado, nada más peligroso que una Mente pensante, despertando de un Sueño.

Tengo Memoria. Demasiada Memoria. Y es un asco. Recordar es un asco. Recuerdo momentos; Hechos que fueron; Hechos que no sucedieron nunca, salvo en un rincón de la Imaginación; Frases exactas y palabras; Detalles que, en apariencia, no tienen importancia; Aromas; Sonidos; Sensaciones… Sí. Es un asco. Porque nunca puedes olvidar por completo, solo adormecer los recuerdos. Porque nunca puedes desprenderte de algo que llevas tatuado dentro de tu Alma, solo dejar que la tinta se diluya, aunque el dibujo se siga percibiendo emborronado.

Cuatro semanas. Un mes. Días con sus noches, noches con sus madrugadas. Horas, minutos y segundos. Tiempo. Ese es el tiempo que ha pasado desde que abrí los ojos bajo el agua del Tsunami. De mi Tsunami personal. Del Tsunami que lo cambió todo. Todo. Y, desde entonces, nada ha sido como era, ni comió debió ser, simplemente es. Supongo que es como tiene que ser.
No lo esperaba. Lo cierto es que no esperaba el Tsunami. Empezaba a intuir que la Historia terminaría mal, que no habría un final feliz, de esos de Cuentos de Hadas. Se intentó de todo para frenarlo, se quemaron cartuchos incombustibles… Pero nunca imaginé que un Tsunami arrasaría con todo. Así, sin más.

Dos malditas frases que se grabaron dentro de mí, como si las letras estuviesen siendo escritas con un estilete afilado, garabateando en mi Corazón, hundiéndose hasta lo más profundo. Dos malditas frases que no se han borrado aún. Dos malditas frases. Dos malditas frases que provocaron la primera ola, que despertaron al Gigante de Agua, que hicieron temblar el suelo que había bajo mis pies…

Incredulidad. Miedo. Desconcierto. Incredulidad. 

Eso fue lo que sentí con la primera sacudida. Puedo verme a mí misma, cenando con mis amigos, negando con la cabeza, una y otra vez, una y otra vez… Escuchando la voz de mi Veterinaria, del Músico y de Gurú, diciéndome “Déjalo ya, Campanilla… No le des más vueltas, olvídalo… Déjalo ya…” Pero no puedo dejarlo, no puedo olvidarlo. Me resulta imposible. Porque aún no me lo creo. Sin embargo, soy incapaz de no pensar en el temblor de mis manos, en el temblor de mi Alma con aquellas dos putas frases. Aquellas dos putas frases que lo cambiaron todo, que fueron el Principio del Final, que fueron el Principio de mi cambio.

Tuve frío. Muchísimo frío.

Hubo disculpas. Hubo palabras hermosas, las más bellas, las más dulces, llenas de promesas sinceras… Pero seguía haciendo frío alrededor. Mucho frío. Y, tras las despedidas y las letras más preciosas del Mundo, solo hubo silencio. Silencio y Soledad.

Y el Tsunami. El Tsunami seguía ahí. Golpeando con sus olas descomunales. ¡Joder! Golpeaba… Golpeaba con rabia, enfurecido, con saña… Me ahogaba. Me hundía. Y no tenía nada a lo que aferrarme. Nada. No podía luchar. Solo dejar que el agua que había dentro de mí, me inundase, me dejase sin respiración. Era un Zombie. Un Zombie que caminaba arrastrando su tristeza, su dolor, incapaz de ver el Sol… 

Me enfadé. Me enfadé con la Vida. Me enfadé con el Mundo. Pero, sobre todo, me enfadé conmigo misma. Me enfadé muchísimo. Muchísimo. Me enfadé por creer, me enfadé por sentir, por tener Corazón, por soñar, por confiar en aquel pálpito que me ardía en las venas con una sinceridad  que, a día de hoy, aún me sorprende, pues nunca antes había sentido algo semejante, tan fuerte, tan mágico, tan poderoso…

Pero con el enfado, llegó la decepción. Decepción. No sabría decir muy bien por qué me sentí decepcionada, pero lo cierto es que así era. Decepción. No fue más que un suspiro, pero la hubo, hubo decepción. Y rabia. Muchísima rabia contenida. Y dolor. Y sufrimiento.

Rota. Me sentía rota por dentro.

Tsunami. 

Es difícil de explicar. Es difícil de explicar qué ha ocurrido dentro de mí. Por eso lo único que se le parece es la palabra Tsunami. El Tsunami se hizo muy fuerte cuando me encontré conmigo misma, cuando en el silencio de mi cuarto, me empecé a hacer preguntas, cuando sentí que despertaba de un Sueño, cuando abrí los ojos y me vi rodeada de agua, de agua que surgía de mi interior. Puede que el Tsunami fuese provocado, sin querer, queriendo, poco importa eso ahora mismo, pues fuese como fuese, sucedió. Sucedió y me dejó completamente desnuda, herida y con una sensación de pérdida, de ensoñación, de irrealidad…

Fue mi Tsunami. Mío. Fueron mis días, mis horas, mis minutos y segundos… Fue mío. Fue mi cambio. Mi despertar. Y, por eso, nunca buscaré culpables. Porque quizás, si yo hubiera sido otra persona distinta, no habría habido Tsunami; Quizás, si yo hubiera sido de otra forma, nunca me habría cuestionado y diseccionado a mí misma… Pero yo soy yo. Yo me lo cuestiono todo. Yo me hago preguntas. No puedo ser de otra manera.

Los interrogantes no eran más que dudas, dudas que necesitaban respuestas urgentes, respuestas que no encontraría nunca, pero… Pero que quería tener. Y, entonces, fue el momento de la Verdad. Necesitaba la Verdad. No mi Verdad. No la otra Verdad. Sino la Verdad, la Verdad Verdadera, como si un observador objetivo hubiese podido presenciar el Mundo y, sin estar contaminado por pensamientos, sentimientos y emociones, pudiese relatarme la Historia, lo sucedido. Solo quería la Verdad. Quería la Verdad porque necesitaba comprender, comprender si todo había sido un maldito juego o no, para comprender si había estado sumergida en una mentira o no, para saber. Saber. Saber. Saber. Y, así, poder continuar. Seguir mi camino, hacia ninguna parte, hacia todas las partes. Comprender. Quería comprender. Lo necesitaba. 

Pero nunca lo sabría. Nunca sabría la Verdad. Porque no. Porque es así. Porque no se puede.

Una tarde de martes de hace cinco semanas, al salir del cole, tras hacer el esfuerzo descomunal de sonreír y estar bien por mis Peques, el Músico me mandó un Whassap. Un mensaje muy simple, muy sencillo: “¿Cómo estás, Fea?” Un mensaje al que respondí con un: “Ya sabes… Nada ha cambiado…” Pero sí, sí lo había hecho. El Tsunami, las preguntas, lo que yo era, estaba cambiando. Y estaba cambiando mucho. Demasiado. ¿Qué Diablos estaba haciendo? ¿Por qué seguía torturándome? Una y otra vez, una y otra vez… Me torturaba. Y me torturaba sin descanso, no podía dormir, no comía, me estaba consumiendo… Consumiéndome y convirtiéndome en un Sombra. Y tenía Miedo. Y estaba asustada. Porque el Mundo seguro que yo tenía había desaparecido, había sido arrasado… No quería tener Miedo, ni seguir asustada, ni seguir consumiéndome bajo las preguntas de un Sueño… Siempre estamos diciendo quiero hacer esto, quiero hacer lo otro, pero nunca lo hacemos… Y yo ya estaba cansada, yo quería pasar a la acción, quería empezar a dominar la situación, ser yo misma por encima de todo, con todas las consecuencias… Así que esa misma tarde fui al gimnasio y me apunté a Boxeo. 

Una tontería. Puede que para la gran mayoría sea una tontería. Boxeo. Campanilla, el pato más patoso del Universo haciendo Boxeo. Nadie me imagina con los guantes puestos y no me importa. Me importa muy poco si se lo imaginan o no. Necesitaba canalizar la rabia, el dolor, las incertezas, las certezas… Necesitaba golpear, golpear y golpear hasta quedarme sin aliento. Necesitaba dejar de pensar. Estar en blanco. Dejar que la Mente se relajase. El calentamiento, el fondo, las flexiones con los nudillos… ¡Dioses! ¡Son horribles! Son horribles cuando no has hecho deporte en tu puta vida, son horribles cuando tienes asma y tienes que parar porque te van a explotar los pulmones… ¡Joder! La primera semana no podía ni moverme, tenía agujetas. AGUJETAS. Por todo el cuerpo, me dolían partes de mí que ni siquiera sabía que me podían doler. No podía andar, porque mis piernas estaban débiles y mis pasos eran destartalados. Pero nunca un dolor fue tan reconfortante, nunca el dolor físico me resultó tan placentero. Porque sí. Porque me sentí en paz. Una sensación de felicidad efímera, pero felicidad al fin al cabo. Dicen que es una cuestión de poder y están equivocados. Es una cuestión de control. De controlar el cuerpo y la mente, de hacer que funcionen como uno sola. Un solo ser. Y ahora… Ahora tras cuatro semanas… Empiezo a disfrutar, a disfrutar de los golpes, de las risas y de los alaridos de dolor que resuenan en la sala cada vez que los nudillos se estampan contra las colchonetas. Disfruto de la voz de mis compañeros, desconocidos que empiezan a ser familiares, que sonríen. Disfruto de mi enemigo de guantes, que me golpea sin parar, que me golpea como si fuera un chico, y lo agradezco. Lo agradezco porque no me gusta que me traten distinto por ser una chica, lo agradezco porque, con cada sesión, yo me hago un poquito más fuerte. Y me gusta sentir que voy avanzando, que ya puedo hacer algunas flexiones, que no me canso tanto con la comba… Me gusta saber que puedo conseguirlo si ese es mi deseo.

Se necesita un solo instante para que tu Vida cambie para siempre. En este último mes he tenido demasiado instantes. Demasiados momentos. Y, lo cierto, es que no los cambio. Ni los buenos, ni los malos. Estaba cambiando… Pero no. Me equivoqué. No estaba cambiando. Solo me estaba descubriendo a mí misma, estoy descubriéndome a mí misma como nunca antes me había sucedido. Por fin puedo verme. Verme tal y como soy. Y durante mucho tiempo creí que era un Monstruo, que estaba a oscuras, me sentía muy culpable sin saber muy bien por qué, que no era nada, ni nadie, que no era especial, no me quería, no me apreciaba… 

He descubierto muchos aspectos de mí misma que desconocía. He aprendido que si es importante ser sincero con el Mundo, mucho más importante es ser sincero con uno mismo. Y yo me he sincerado con mi yo del espejo. Me sincero bastante conmigo misma. Sé que no puedo olvidar, que no puedo dejar de pensar en ciertas cosas… Negar eso sería una incongruencia total, pero ya no las pienso tanto como antes, poco a poco, los pensamientos se van adormeciendo… No es que me haya dejado de importar… Simplemente, mi Tsunami le dio un giro inesperado a mi Vida, a mi Historia, a quien soy… Puede que se entienda. O puedo que no.

Realidad. Realidad. Realidad. Realidad. Realidad. Realidad. Realidad. Realidad. Realidad. Realidad.

Odio la palabra Realidad. Odio la palabra Realidad con todas mis fuerzas. La odio al máximo. Siempre la he odiado, siempre me ha parecido fea, pero, ahora, me parece más fea y odiosa que nunca.

Pero fue esa Realidad, esa palabra uno de los nombres que le podría dar a mi Tsunami. 

¿Qué se supone que se esperaba de mí? ¿Cómo debí comportarme? ¿Lo que sentí fue real? Bueno… No lo sé. Quiero decir que no sé que se esperaba o que se espera de mí, ni como debí comportarme o debo comportarme ahora mismo… Lo que sé con certeza es que, teniendo en cuenta las circunstancias, di todo de mí. Lo bueno, lo malo, lo lindo, lo feo, la Luz, la Oscuridad… Todo. Sucedieron cosas de las que no hablaré nunca, cosas que solo sé yo, que nadie más tiene por qué saber… ¿Fue real? ¿Lo que sentí fue real? Lo fue. Fue real. Fue real hasta la llegada del Tsunami. Pues el Tsunami quebró esa Realidad. Sin saberlo, esas dos putas y malditas frases me obligaron a abrir los ojos, a mirar a mi alrededor, a ver… Y entonces empezó la disección de los Sueños, de las Fantasías y de las Realidades… Fue cuando descubrí que mi rincón protector de Fantasía ya no era un lugar seguro, que no debía esconderme, ni huir, que las Fantasías solo eran Cuentos… Que yo puedo ser el más simple de los mortales si eso es lo que quiero o la heroína de mi propia Vida si ese es mi deseo. Es una conclusión absurda. Lo sé. Yo ya sabía eso. Pero nunca lo he tenido tan claro, nunca he sido tan consciente de mí misma como lo he sido en este último mes.

Realidad. Realidad. Realidad.

Creo firmemente en los Imposibles. Creo que si algo se quiere con el Corazón, si uno ama algo por encima de todo, de sí mismo, si se lucha por los Sueños… Se pueden alcanzar, se pueden tocar las estrellas con la punta de los dedos. ¿Y por qué? ¿Por qué creo en ello? Porque cuando mis Piojos se ponen a trabajar, a hacer su propia Magia, los observó en silencio, los miro y no puedo evitar pensar en la Realidad. Sonríen. Me sonríen. Me sacan sonrisas cuando más triste estoy. 

Realidad.

Uno de mis Peques tiene miedo de los secuestradores porque, hace unos años, abusaron de él. Y sonríe. Me sonríe. Mi preciosa Princesita Mora huyó de Marruecos con su mami y sus dos hermanas porque su padre las maltrataba. Y sonríe. Me sonríe con su dulzura, a pesar de que, a veces, llora y me abraza porque le duele el Corazón.  Mi Pequeña Zombie tiene que ir a visitar a su mami a la cárcel y sufre, sufre en silencio. Pero, sin embargo, también sonríe. Me sonríe a mí cuando le digo que es única, que es especial. Todos lo son, lo son porque son capaces de disfrutar, a pesar de que la Vida les ha golpeado. ¿Cómo Diablos no voy a creer en los Imposibles? ¿Cómo narices no voy a ser consciente de la puta Realidad? Pero… ¡Joder! ¡Sonríen! ¡Maldita sea! ¡Sonríen!

Y ayer… En medio de la tristeza, tras recibir un mensaje que no esperaba, que me removió todo por dentro, que me ha hecho escribir todo esto, mi pequeño Príncipe me paró en las escaleras, en medio del cambio de clase, y me sonrió. Me sonrió y me dijo: “Qué guapa estás, Princesa…” Princesa. Es a la única personita a la que le permito llamarme así. Princesa. 

Quizás sea una posición un tanto egoísta decidir sobrevivir, decidir luchar, decidir no rendirme cuando podría haberlo hecho, cuando podría haber dejado que el Tsunami me quitase las ganas de todo… No es fácil. No es nada sencillo tener que salir de la ola, aún a veces, a día de hoy (sin contar las que sé que llegarán) las olas me sumergen, me arrastran… Pero resisto y seguiré resistiendo. No solo por mí, no solo porque me lo debo a mí misma, de la manera más personal que uno se puede imaginar, sino porque se lo debo a todos los que han estado ahí, a mi lado. A mi Familia, por no abandonarme cuando yo la abandoné, enfurecida, encabritada, cuando la desesperación me comía por dentro y tenía la sensación de que todo era una puta y maldita locura, una pesadilla de la que no me podía despertar, cuando el insomnio me destrozaba y las preguntas que me hacía me dolían. A mis Perrunos, porque si ellos no me hubiesen empujado, si no hubiesen tirado de mí, si no hubiesen estado ahí cada mes, no solo en este, mi Soledad habría sido mucho más grande, pues, aunque sé que sufrían por mí, aunque no me lo dijesen, fueron sinceros y, cuando había alegrías lindas, se alegraron y, cuando me hundí, no se marcharon, se quedaron, siempre se quedaron y me obligaron a salir del caparazón, aprendiendo a conocerme, sin prisas. A mis Peques, que son mi Luz, que ya lo fueron el curso pasado, porque no hay día que no me den una lección. Porque no hay tarde en la que no me hagan sonreír y en la que no me recuerden que, aunque la Vida puede ser la putada más grande del Mundo, existen los milagros, existe la felicidad, aunque esta sea efímera… Porque si soy especial, si soy única (Y me importa un pito que me llamen egocéntrica. A veces… Nos olvidamos de querernos.), es porque Ellos me hacen distinta, hacen que mi Magia sea Real, hacen que yo pueda ser un Hada.

Y pongo fin a mis letras por hoy… Pongo fin porque sí. Pero antes…

¿Por qué Tsunami? Porque el otro día vi “Lo Imposible”. Debo reconocer que no había visto la película hasta que la semana pasada la echaron en la tele. Y hubo algo, hubo algo en el reportaje, algo que contó la protagonista que me hizo reflexionar una vez más… Hasta aquel instante yo me había estado preguntado “¿Por qué?”, tantos porqués, tantos y tantos porqués… Y, entonces, María explicó que su hijo le dijo que no era “¿Por qué les había sucedido?”, sino “¿Para qué…?” Que en la Vida de los seres humanos se producen Tsunamis que lo cambian todo, que marcan dos tiempos distintos, que te enseñan, que te hacen aprender lecciones, sobre ti mismo, sobre el Mundo…

Estoy absolutamente convencida de que nadie se cruza en nuestra Vida por simple casualidad, que hay personitas que tienen que aparecer sí o sí, que debían llegar… Quizás, Quizás… Quizás nunca hubo otra opción, quizás el Destino estuvo escrito desde el principio… O quizás no… Sea como sea, la Historia se escribe, se vive en todos sus formatos… No voy a arrepentirte, no quiero arrepentirme, ¿para qué?, ¿para qué voy a hacerlo?, si sentí, en todas su maneras, quiere decir que viví, tuviese más dosis de Realidad o de Sueño.

¿Para qué? Pues para abrirme las puertas de otra Realidad. Las puertas que siempre quisieron que cruzara. Me arranqué las alas, convencida de que era lo que debía hacer. Y, con sus jirones y la purpurina que quedó, he construido un Unicornio-Pegaso con ruedines, para poder caminar cuando me plazca y poder volar cuando desee. Me gusta lo que he descubierto. Me gusta los fines de semanas llenos de actividad frenética, me gusta tener mis dosis de normalidad y mis drogas de Fantasía Literaria. Me gusta ser quien soy. Soy yo con todas las consecuencias. Y ya no aspiro a que me comprendan, ya no aspiro a que comprendan mis actos.

Quien me quiera encontrar, sabe donde hacerlo. En las nubes, en las aceras dando saltos, en las estrellas haciendo equilibrio… Porque hoy por hoy, he decidido dejar de buscar, dejar de pensar en el Futuro… Pues quiero que éste me sorprenda, me pille desprevenida, me regale Vida… Dejé de llorar, porque ya no quería seguir llorando por un Recuerdo que nunca se dará, por un Recuerdo que solo estuvo hecho con mis Sueños y palabras hermosas. Nunca entendí la frase de Carlos Ruíz Zafón, nunca entendí esta cita de Marina: “- A veces, las cosas más reales solo suceden en la Imaginación, Óscar. – Dijo Ella. – Sólo recordamos lo que nunca sucedió…” Yo también he necesitado toda una Eternidad para comprender a qué se refería, sin el Tsunami nunca lo habría hecho. Tejemos la Realidad con Ilusiones, con Fantasías y Sueños de Cristal, se cose con mimo, con ternura… Son nuestro motor. Pero para poder hacer Magia, debemos despertar, salir a la calle y actuar. Hacer de los Sueños, Realidades. Y de las Realidades, algo mejor…

“Tus alas serán el altar que mi camino alcanzó. Hoy pude llegar donde nunca imaginaba.” Saurom – Ángeles.


martes, 25 de noviembre de 2014

El Sueño De Morfeo (Primera Parte)

Huellas de pies descalzos se dibujaron en las baldosas del frío suelo, marcando los pasos de una danza invisible, volátil, de esas que solo se podían bailar cuando los hombres dejaban volar su imaginación y las puntas de los dedos rozaban nubes de colores no inventados aún.

Muy lentamente, rodeado de un silencio místico, mágico, de Deidad eterna y de caminante entre dos Mundos, Morfeo atravesó el pasillo, reteniendo el oxígeno dentro de sus pulmones, olvidando quién era, qué era, para así poder contemplar a la joven que le impedía dormir.

- ¡Maldita sea! – Su voz fue un susurro temeroso, nervioso, espoleado por cientos de miles de diminutas maripositas estelares revoloteando en el interior de su estómago. El Dios del Sueño se sentía confuso, perdido, incomprendido. - ¿Cómo es posible?

“¿Cómo es posible?”, “¿Por qué yo?”, “¿Por qué a mí?”, eran las preguntas más frecuentes, interrogantes constantes que le perforaban el cerebro y, si eso era un gran riesgo para una Deidad, más lo era cuando las cuestiones sin respuesta se enredaban con los latidos de su Corazón, con aquel “dum-lup, dum-lup, dum-lup” que sabía a caramelos de mora y piruletas de chocolate. Un dulce aroma a Libertad, Amor y Pasión que su Alma nunca había experimentado hasta entonces, pues nunca antes el Hijo del Olimpo había sido consciente de la Mortalidad, de su propia Mortalidad, de aquella Mortalidad que se suponía solo estaba destinada para los Seres Humanos.

Con mimo, Morfeo apoyó su frente sobre la puerta cerrada del cuarto donde descansaba su Bella Durmiente, permitiendo a sus iris plateados fundirse con la oscuridad, armándose de un valor que nunca había necesitado para introducirse sin permiso en los Sueños de los otros, sin importar si su condición era de Dios o de Mortal. Tiernas, las manos del hombre recorrieron la superficie de roble, despacio, muy, muy despacio, como si la madera fuera piel, centímetros y centímetros de cuerpo, del cuerpo de su Sueño, de su Pesadilla al mismo tiempo, de su Todo, de su Nada.

Un juego. Eso era lo que había sido siempre. Una aventura. Un divertimento. El Dios del Sueño era un tirititero orgulloso, arrogante y altivo. Un enemigo fabuloso, un guerrero extraordinario, un asesino de realidades. El único ser capaz de doblegar a aquel que osase hacerle frente, pues los secretos, los miedos y los puntos débiles del Mundo flotaban a sus anchas en su Reino, se retorcían y se agitaban, se aliaban con la Noche y, cuando los párpados caían y se dejaban sumir en la seguridad de lo que se suponía el Sueño, Morfeo atacaba y rasgaba las horas, atando a Dioses y Mortales en contra de su voluntad, reteniéndoles en sus dominios. Pero… No siempre era así. No siempre había Pesadillas. La Deidad Olímpica también podía ser compasiva y amable, mostraba toda su dulzura y ternuras con las más pequeños, a quienes, atraído por esa Fantasía que inundaba la infancia, les regalaba todo tipo de excursiones oníricas, viajes por la Imaginación, Dragones y Duendes, Princesas y Súper Héroes, Monstruos contra los que luchar para poder alcanzar tesoros maravillosos.  

Y entonces… Entonces, una madrugada, de esas en las que tenía ganas de hacer explotar la cordura de los Seres Humanos, saltando entre sus terrores, azuzando a los Demonios a provocar sudores fríos y despertares entre gritos, se perdió en su propio Reino…

Los aullidos guturales lo atrajeron de inmediato, murmullos de muerte y destrucción que se extendían como ecos desacompasados entre los cascotes carcomidos de las ruinas de un edificio de cinco plantas. Un esqueleto de hormigón y recuerdos calcinados, vigas retorcidas e historias que debían haber sido olvidadas hacía demasiado tiempo.

Morfeo frunció el ceño, contrariado, apretando las mandíbulas y haciendo que sus hermosas y terribles facciones se contrajesen en una mueca de desagrado. La cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo, salvado gracias al ingenio de Asclepio y que, a pesar del corte, no había perdido ni un ápice de belleza, y que se extendía a través de su pómulo, hundiéndose ligeramente sobre la mejilla, acompañó a su dueño en aquel movimiento de enfado. Las botas militares del Dios del Sueño se movieron por una orden imperativa del cerebro, pero, al hacerlo, un chapoteo ruidoso y asqueroso resonó bajo la suela. La ceja derecha se elevó como un resorte, extrañado por lo pegajoso que estaba el suelo y, por primera vez desde que había aparecido de la Nada, su mirada descendió rápida y curiosa hasta el pavimento alfombrado por una masa sanguinolenta y espesa, carne putrefacta y gusanos que se estaban dando el festín de su corta vida.

 ¡JO-DER! – La exclamación fue escupida con interés, dos sílabas que rozaron las cuerdas vocales de Morfeo a una velocidad vertiginosas y que, sin ni siquiera pretenderlo, se convirtieron en una llamada urgente. - ¡JO-DER!

La sangre del Dios del Sueño golpeó sus venas y arterias. Enrabietado y enfurecido, el líquido escarlata comenzó a burbujear con rapidez, provocando la ira de Morfeo. Un cabreo peligroso. Demasiado peligroso. Ese lugar, ese edificio… No le pertenecía. No había sido creado con sus hilos oníricos. Aquel lugar, aquel edificio… Estaba dentro de sus dominios, pero no le pertenecía.

- ¡JODER! ¡JODER! VOY A ENCONTRARTE Y….

Los gritos de la Deidad Olímpica se extinguieron, sorprendidos, agarrotados en la garganta, se vieron desprotegidos de pronto y enmudecieron de golpe. Apagados por la mirada de ojos muertos que tenía frente a sus ojos de Luna, Morfeo se mordió la voz, presa de un miedo desconocido, al encontrarse en medio de una de sus creaciones, de una de sus múltiples Pesadillas. Los Zombies no respondieron a sus órdenes mentales, ni a sus mandatos, ni a ninguna de sus exigencias, parecían no tener dueño, parecían no escuchar al Dios del Sueño. Estupefacto y atónico, nada podía hacer, salvo tratar de escapar de aquella marabunta de Muertos Vivientes que le cercaban, extendiendo sus brazos sin músculos, carne desgarrada y cuerpos mutilados, entrañas y vísceras carcomidas por otros de su misma condición.

 ¡A LA MIERDA!

Una espada rasgó el aire, seccionando de cuajo una cabeza con cuatro pelos, boca desdentada y la mirada perdida, un globo ocular que colgaba como un yo-yo, balaceándose de derecha a izquierda. Como una pelota, la cabeza silbó contra el viento, golpeando una y otra vez a un par de Caminantes, hasta terminar aplastada por los pies muertos de aquellos que habían sido sus hermanos. Cubierto de sangre, el Lobo que abría sus fauces en una camiseta negra, despertó de su letargo y, fruto de los Sueños, el animal se posicionó al lado de Morfeo que, arma en mano, luchaba cuerpo a cuerpo contra la Muerte hecha enemigo, que, sin parar, sin detenerse, iba reduciendo su espacio vital a un diminuto círculo.

 ¡NO TE RINDAS! – Valientes y atrevidas, las tres palabras se colaron con suavidad entre los alaridos, rebotando contra las paredes de cuerpos sin vida, pero cargadas de seguridad. – VOY A…

La voz de mujer se extinguió, como segundos antes había sucedido con la suya propia, convirtiéndose en un espejismo auditivo. Estaba solo. El Dios del Sueño estaba solo. Conocía el mecanismo de las Pesadillas, estaban llenas de falsas esperanzas, de ilusiones que no eran más que humo, que dejaban a sus protagonistas con su único yo como ayuda.

- … A echarte una mano… - Una sonrisa divertida, infantil y preciosa se estampó frente al rostro de Morfeo. Una sonrisa amparada por un rostro imperfecto, pero bello, salpicado de pequeñas gotitas de sangre, que, como tatuajes, explicaban el relato de cómo, espada en mano también, se había abierto paso entre la maraña de Zombies. - ¡¡Ufff!! – La joven dejó escapar el aire con rapidez, obligando a sus pulmones a prepararse para una nueva bocanada de oxígeno, necesaria y urgente. Sus iris castaños sonrieron a su vez, cansados, pero graciosos, fijándose con descaro en los plateados del Dios del Sueño. – Hace mucho que nadie viene a la ciudad…


 Nota: El Morfeo de mi cabeza es tal que así... ;P




domingo, 23 de noviembre de 2014

La Que Habla Con Los Muertos

Había vagabundeado, sin parar, durante toda la tarde, ignorando el frío que le helaba las entrañas y el viento que la abofeteaba sin piedad. Sus pies, sumidos en una consentida autoridad, la habían llevado hasta la verja destartalada del cementerio.

Estaba desierto.

Las campanas ya habían tocado a muerto aquella mañana y una procesión de cuerpos tapizados de negro había acompañado al féretro, como último homenaje a una vida cargada de sabores agridulces. 

En aquel momento, nadie visitaba los muros de piedra, que se jactaban de tener nombres y apellidos propios.

El silencio la invitó a entrar, con un murmullo apagado, a través de la neblina que engalanaba un viejo arco de piedra carcomido por el musgo. Tímido portal que conectaba el pasado con el futuro.

Paseó, recorriendo con sus manos la frialdad de los pasillos, entre historias de amores prohibidos, amistades olvidadas y vidas aburridas.

El peso, de cada uno de los recuerdos que se escondían entre los nichos de mármol y flores marchitas, la golpeó con fuerza y la obligó a arrodillarse ante el único que no quería contemplar: V.M.F.D
Recubierto en plata, el nombre de su tío le arañó el corazón, lo rodeó con sus finas letras de espinas y lo estrujó hasta provocar el suicidio voluntario de sus sentimientos.
Apretó los puños y se clavó las uñas en las palmas. Juguetona, la sangre se escapó de sus venas y se entretuvo deslizándose entre sus dedos hasta formar una mancha rojiza en el pavimento. Era un antídoto ficticio contra aquel desgarrador dolor. 
Y apretó los dientes con fuerza, hasta hacer castañear sus mandíbulas, como si así, pudiese activar un resorte invisible de sus ojos que evitase las lágrimas. Debía de estar roto, pues sus mejillas se empaparon sin querer.

Entonces, él la escuchó hablar con los muertos, gritándole a los vientos que llevasen su mensaje. Estaba escondido detrás de una enorme cruz de piedra gris, sintiéndose un espía de la intimidad de la mujer a la que amaba. Sus fuerzas, aparentemente inquebrantables ante ella, se veían azotadas por cruel realidad de la perdida eterna.

- Vosotros… ¡¡Debería daros vergüenza!! Cargáis a la gente que os quiere con el peso de la ausencia. Huis de nosotros a cambio de un paraíso que solo existe en los libros. Os marcháis, nos olvidáis. Sois las manos que cavan el vacío que dejáis en nuestras almas. ¡¡Seres egoístas!! Carentes de piedad… ¿Tan bien os tratan al otro lado, que no tenéis la decencia de contarnos vuestras aventuras en el más allá? ¿No os dais cuenta? Vuestras voces se extinguen con el paso de los tiempos, son solo ecos hechos de recuerdos. ¡Insensibles! ¿Os gusta ver cómo sufrimos? Porque sino… porque sino, no encuentro respuesta para vuestras partidas…

Las lápidas ni se inmutaron ante su monólogo. Solo un gato se atrevió a romper aquella inquietante calma con un maullido comprensivo. Sus miradas se cruzaron, fundiéndose sus pupilas en un negro universo. El pequeño felino se contoneó insinuante delante de ella, rozando su cuerpo, en un tierno mimo, contra su brazo derecho. Él lo veía todo y, en aquella tarde invernal de finales de enero, sabía que los difuntos, que habían hecho de aquel camposanto su morada, se habían quedado mudos, pues ninguno podía responder a aquella pregunta que ellos mismo se hacían cada vez que las campanas daban la bienvenida a un nuevo inquilino.




Nota: Recuerdo que era una mañana de frío, de invierno... Recuerdo que era la primera vez que pisaba el cementerio de mi ciudad, empecinada en que tenía que visitar la tumba de mi Tío... Fue la primera, pero también fue la última, porque no he vuelto a ir... 
Las sensaciones fueron extrañas, de losa pesada aplastándome el cuerpo. Tristeza. Soledad. Miedo. 
Seguí a mi mami hasta la parte vieja, azuzada por mi insistencia, por esa curiosidad de la que nunca puedo desprenderme, aunque el resultado pueda ser nefasto. Algunas lápidas se caían a pedazos, las fosas comunes solo se distinguían por pequeñas cruces metálicas y oxidadas y algunas fechas se remontaban a 1800 y pico... Otra época, mismo Destino. 
Sentí que el aire se congelaba en los pulmones, sentí cientos de historias flotando en el ambiente, como si los recuerdos de tantas y tantas personas dormidas para siempre quisiesen escapar entre las piedras, huir de la tierra removida... Nunca lo olvidaré. Nunca olvidaré el agobio. Fue raro. Fue real.
Escribí "La Que Habla Con Los Muertos" después de aquel día. Hace cinco años.
Hace cinco años que se fue, que se marchó una noche a finales de enero, durmiendo, sin sufrir (aunque bastante había padecido ya a lo largo de su vida..). Cinco años... Cinco años y aún no me acostumbro a bajar a casa de mis abuelos y que no esté, como si su esencia de fumador empedernido siguiese flotando en el salón... No me gusta el tabaco, sin embargo, ese aroma acre, ese aroma que no puedo describir con palabras, siempre me lo devuelve, con esa forma rara que tienen los recuerdos de manifestarse. 
Cinco años. Cinco años y ahí está. Dormido. Para siempre. 
Tengo momento fijos en mi memoria, de ese fatídico día de funeral que me hizo sentirme culpable durante muchos meses... No pude despedirme de mi Tío. No quise ir al cementerio. 
Lo único que hice fue decirle a mi novio (Con el que compartía mis sueños, locuras y fantasías hasta que el Destino nos hizo tomar caminos distintos) "Sácame de aquí... Sácame de aquí..." Y fue lo que hizo, sacarme de la capilla, llevarme otro lugar donde pudiera sentirme segura...
No. No pude despedirme de mi Tío. No. Ni pude ni quise ver como metían su féretro en un nicho. Preferí quedarme con "Ratonia". 
Y por eso escribí. Escribí "La Que Habla Con Los Muertos" para despedirme. Para no olvidar. Para guardarlo en mi Memoria. 
Este es mi homenaje. Una vez más. A ti. A Ratonia. A todos los que, como tú, se enfrentaron al Diablo y fueron incomprendidos. Por tu Locura. Por ser mi Ángel Guardián.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Entrevista Con El Vampiro

Martes, de otra Semana Perdida en la Memoria de los Hombres.

En algún lugar. Lejos de Todo. Cerca de Nada.

Las campanas de la catedral acaban de marcar las 9:00 y no soy capaz de conciliar el sueño. Otro día más, rodeada de Luz, de Sol, de Vida… El griterío en el camping ha cesado hace un buen rato, los pocos que viven aquí, ya han abierto los ojos al Mundo y se disponen a recorrer sus calles, a la espera de un milagro que nunca llegará. No son más que desahuciados, proscritos condenados a vagar por una humanidad que deja mucho que desear… Hombres, mujeres, niños… Que se niegan a ceder a la desesperanza, que arañan el último suspiro a la ilusión, que esperan sin saber qué esperar y que, sin embargo, cada día se levantan, rogando para que su hoy sea diferente, distinto, que tenga sabor a dulces de invierno y abrigue cuando el frío se apodere de sus noches.

Aunque… La Luz de esta mañana es mortecina, sombría y un tanto misteriosa. Como una serpiente venenosa, zigzaguea por las rendijas de la persiana, buscando diminutos huecos por los que colarse y llegar hasta mí. Se retuerce, juega como un crío al “corre que te pillo” y, después, cambia de dirección. Tentadora, lujuriosa, experta en virtudes y secretos, me atrae con su cántico celestial, pero… Hace siglos que no escucho al Sol, que no me baño entre sus rayos… Y, ¿me importa? Lo cierto es que no. No hay nada nuevo bajo su fuego abrasador, pues la Noche lleva siendo la misma Oscuridad desde la primera vez que la abracé. Dudo que el Día se haya tornado en algo hermoso. Los Días, con sus mañanas y tardes, solo esconden fantasmas, demonios y espectros que se hacen fuertes cuando la Luna hace acto de presencia en el firmamento. Nunca se marchan, solo esperan las horas más bajas de los Hombres para estrujar sus Almas y, cobardes y huidizos, escapan con la llamada chirriante del despertador.

Los Seres Humanos se creen poderosos, hábiles, inteligentes. Inmortales e Invencibles. Los dueños de un Mundo que nunca les ha pertenecido, por el que pasan desapercibidos, cuyos nombres se funden con el mármol en viejas lápidas del cementerio, para no ser más que letras inconclusas, sin historia, sin recuerdo, sin nadie capaz de volver a juntar las palabras que, quizá, en algún tiempo, les fueron dedicadas. Son débiles. Carcasas de carne, músculo y huesos que se desgastan a cada instante, polvo y cenizas en lechos de terciopelo comido por gusanos. Son Olvido. Olvido Eterno. Solo un suspiro efímero en el estallido de la Vida, de la Creación más escéptica, de los Misterios más místicos y mágicos.

¡Qué equivocados están! ¡Qué ciegos al pensar que tendrán todo el Tiempo del Mundo! Mentiras despiadadas que se dicen a sí mismos, sueños disfrazados de incertezas, ilusiones desgastadas que se aferran a la mediocridad de una esperanza moribunda… ¿Cuántos alcanzarán su verdadero Destino? ¿Cuántos morirán sabiendo que vivieron como realmente quisieron? ¿Cuántos lo han logrado?

Es extraño, curioso, sorprendente… En mi deambular nocturno, en ese incesante camino que es la madrugada, mis viejas y desgastadas New Rock se detuvieron frente a las puertas de la estación de autobuses. El silencio me atrajo de inmediato. Ese silencio frío, helado, con una pizca de temor, tétrico. Es el silencio de los que esperan, de los que duermen en bancos como si fueran príncipes en un lecho de plumas, de los que están muertos, muertos en vida, pues todo honor, toda dignidad se ha convertido en humillación. No existe la compasión hacia aquellos que sucumbieron a los placeres del alcohol y las drogas, hadas ficticias que prometieron la gloria y no tuvieron piedad para destruir a quienes confiaron en sus poderes. Nadie les ve, nadie les mira, pues nadie puede soportar ver la desgracia en miradas ajenas, de quienes, una vez, fueron hombres y mujeres con Sueños despiertos y ansias de vivir.

Tiempo. Esperando un bus para el que no tenía ni quería billete, observando la Nada extenderse a través de las dársenas sin orugas de metal y ruedas, mis iris se detuvieron sobre un reloj y, un instante después, trazaron una línea imaginaria hacia el siguiente, que, unos metros más allá, me devolvía la misma hora que el primero y, sin embargo… No era la misma. Pasado, Presente y Futuro se hacía uno, lo eran Todo, no era Nada. Pero allí estaban, a la vez, pisándose unos a otros, perdiendo y ganando la carrera del Tiempo. Misma hora. 05:45. Distinto Tiempo. La aguja de los segundos en el primer aparato iba con retraso, giraba siguiendo un ritmo acompasado, de minuto a minuto, pero nunca alcanzaría a su compañera, a su igual, que, en el otro reloj le llevaba ventaja, corría y corría, haciendo del Presente, Futuro y, del Futuro, Pasado y Presente.

Yo ya sabía que el Tiempo es caprichoso, ya sabía que la Eternidad se vuelve Nada, y la Nada, Eternidad… Pero nunca lo vi tan claro, nunca fui tan consciente de la Vida como en aquel instante.

Di gracias por no ser mortal, por no ser ya humana, por poder vivir en la Oscuridad de mi propia Eternidad, en una Noche sin fin… Di gracias por no ser como Ellos… Porque Ellos… Ellos se limitan a malgastar los Días, olvidan que, a pesar de que pueda estar escrito el Destino, no son más que marionetas de su propio Yo, de sus deseos inconfesables, de los sueños que nunca se darán. Son únicos, son iguales, son especiales, pero… Son débiles. Débiles de Mente, de Alma, de Corazón. Le temen al sufrimiento, al dolor, a no poder amar, a no ser amados, a no poder luchar, a caerse sin remedio… Tienen miedo. Todos tienen miedo. Pero ninguno de Ellos piensa en que, tal vez, su hoy puede ser su último Día, que su hoy puede ser su último Pasado, Presente y Futuro. Olvidan que la Muerte les ronda en cada acto, en cada acción, en cada fracción de segundo… Y al olvidar, ignoran que lo único que pueden hacer para dejar huella en su Mundo, dentro de sí mismos, es vivir. Vivir antes de que sea tarde y la Huesuda les imponga un nuevo modo de vida en el Más Allá.

Yo elegí la Muerte. Y, con la Muerte, llegó la Vida. La Vida sin Alma.

Yo elegí la Bestia. Ese Monstruo que todos tenemos, que ruge en el estómago cuando estamos a solas, que es Oscuridad. Pero para ello, uno debe morir. Morir como humano, morir como persona y estar dispuesto a perder el Alma, el Corazón y todo sentimiento, sin importar si fue bueno o malo, pues la Bestia es un Monstruo cruel, cuyo único medio y fin es satisfacer sus necesidades, sus ansias de sangre, de dolor… Desterrar recuerdos, olvidar que una vez tus pulmones se llenaron de oxígeno fresco y que tu pecho se hinchó con cada bocanada de aire; Que la comida solo serán escaparates prohibidos, pues tu paladar solo se deleitará con el sabor ferroso de un líquido color escarlata, cálido, plagado de momentos únicos, que no son tuyos, pero que te pertenecerán cuando tu próxima víctima, alimento vivo, duerma entre tus brazos…

Bestias. Monstruos. Animales que habitan dentro de los mortales, que un día despiertan y ya no pueden ser silenciados. Sí. Yo elegí la Bestia. Hastiada, aburrida de escuchar al Monstruo rugir, de aprender a convivir con sus Sombras, protegiendo mi Luz de mi misma, en esa eterna lucha de equilibrios. Elegí ser un Vampiro. Cedí mi oportunidad, cambiando una conciencia y los quebraderos de cabeza por el No-Sentir. Opciones de Oscuridad… Existen tantos métodos para luchar contra Ella, como formas tiene de manifestarse.

Algunos no saben que la tienen, o tal vez sí, pero se niegan a reconocer a la Bestia y, en sus actos, Ella se hace presente, sin querer queriendo, escondiendo tras el Bien, el Mal.

Otros… La tienen desde su más tierna infancia, como un Demonio saltarín que les impide crecer alejados de las Sombras, que, constantemente, se ciernen sobre ellos. Vidas injustas, padres que no deberían serlo, golpes del Destino cuando aún son seres inocentes, que dejan su ingenuidad a un lado, para poder sobrevivir en un Mundo para el que aún son demasiado pequeños, pero en el que deben crecer con rapidez, si quieren salir de un barrio en el que estarán condenados. Su Oscuridad es un arma de doble filo, les permite luchar, pero… Si no aprenden a convivir con Ella, el fin… El fin será trágico, demasiado trágico.

Existen unos terceros… Humanos que, tras sucumbir y descubrir su Lado más Oscuro, necesitan averiguar de qué este hecho, dónde se hallan sus límites, hasta donde les pueden llevar las Sombras… El camino es largo, sinuoso, y nunca se termina. Pues nadie puede retornar de la Oscuridad. Solo aceptarla, amoldarse e impedir que se alimente de su propia Luz, porque siempre hay resquicios, como los de la ventana de mi vieja caravana, por los que el Sol se cuela, aunque no quiera.

El Mal es el único que se funde con la Oscuridad. Los Hombres Malos son los únicos que se confunden con su Bestia. Los únicos que no necesitan morir, los únicos que no requieren de la Eternidad para cometer actos carentes de sentimientos y crueldad. Son los únicos que saben que son Monstruos, que son Bestias de verdad, tatuados de arriba a abajo de Sombras, piel hecha de víctimas inocentes y no tan inocentes, sin remordimientos, sin necesidad de perdón… Son Vampiros Vivientes.

Los Caminos de la Oscuridad son tortuosos, demasiado en algunas ocasiones… Sus trampas son mortíferas en un primer instante y lecciones muchos instantes después… Se bifurcan y se enredan, se alejan y regresan, formando un laberinto.

Nadie escapa del Laberinto.

¿O sí?

Querido Lector… Tú que te encuentras en el Laberinto, en ese camino que es la Vida, del que nunca sabes dónde está el final… ¿Cómo deseas que sea? ¿Dejarás que la Oscuridad se sacie de ti? ¿Permitirás que la Parca se ría en tu cara? ¿Serás un instrumento del Mal? ¿Dónde se encuentran las respuestas?

Yo no lo sé. Yo elegí la Bestia. Elegí la Muerte prematura, antes de que mi hora llegara y la Huesuda me incluyera en su Lista de Caídos, cogí ventaja y dejé que mi nombre vagara por los siglos, sembrando Caos y Destrucción, más Muerte, robando la inocencia de aquellos que una vez tuvieron ingenuidad…

Soy un Vampiro. Ese es mi nombre. El único que recuerdo, el único que ahora tiene importancia. Las letras de quién fui, ya no existen, se las llevó el viento, borrando palabras y dejando que, los que una vez me quisieron, me observen desde el Cielo, sellando las promesas que, siendo aún Humana y con un corazón dentro del pecho, dibujaron las sonrisas más hermosas.


¡Oh! Querido Lector… Tú que lees estas líneas, escritas con sangre de mi sangre, con la que circula por mis venas, que despierta el latir de un corazón que hace siglos duerme entre la caja de huesos que son mis costillas… ¿Crees que esto es Vida? 


Nota: Este relato fue publicado en mi cuenta de mi Personaje de Rol en Twitter (@NerharNix) el 28 de Octubre de 2014 http://www.twitlonger.com/show/n_1sdkdgs