Una oleada de Dulzura recorrió con suma delicadeza su torso desnudo, estudiándolo con Curiosidad mal disimulada. Poco a poco, aquella Mirada de Inocencia fue acariciando el corte que dividía su pectoral derecho, ensimismada, como si fuera la primera vez que contemplaba a la sangre lasciva lamer la Piel de un Hombre. Incómodo ante aquel extraño escrutinio, Sárgonas plantó con fiereza los pies sobre la arena, acomodando todo su peso sobre la pierna izquierda, para así mitigar las culebrillas de dolor que le correteaban por la derecha. Caliente, como salido de la mismísima fragua de Vulcano, el aire que atesoraban sus pulmones se estrellaba contra el visor de su casco, ardiendo en el interior de la olla metálica que le protegía la testa. Y, mientras tanto, incapaz de impedir al rubor de sus mejillas posicionarse en su rostro, sintió que el Corazón buscaba asilo protector en el pecho de su Contrincante, ignorando el agobio y la ceguera provocada por el sudor que lloraba sobre su frent...