Golosa como una pequeña niñita ante un helado, posó su lengua con avidez sobre los ríos escarlatas que decoraban la dorada piel de su Dueña. Una filigrana carmesí que se enredaba a través de su cuerpo inconsciente, formando dibujos de sangre fresca. Un tatuaje vivo, cambiante, que modificaba su apariencia cada vez que el pecho de la Joven se alzaba intranquilo, incapaz de huir del Mundo de Tinieblas en el que se hallaba sumergida. Teñida de rojo, la suave felpa se impregnaba del sabor ferroso, deslizándose a través de su garganta de miraguano, hasta explotar en un gran sinfín de glóbulos rojos que se agarraban como garrapatas a sus tripas de lanas, saciando un hambre que era ya más una obsesión, que simple ansia demoníaca. Obligándose a salir de un sopor que siempre le recordaba a la Bruma del Amanecer, Uxía abrió uno de sus ojos, contemplando sin parpadear los delgados bracitos que se engarzaban a su cuello, en un abrazo dulce e infantil. - Te Quiero Mucho. ¿Quieres...