viernes, 4 de diciembre de 2015

Pequeña

Pequeña.

Siempre me ha gustado la Palabra Pequeña.

Está rodeada de Ternura y Dulzura, de Esencia, de Inocencia…

Pero, en ocasiones, sus Letras se desvirtúan en un Rincón de mi Corazón, cuando, a este Hermoso Vocablo, se le añade el de Sentir.

Sentirse Pequeña.

Chiquitita. Chiquiteja.

Aún recuerdo cuando me sentía así. Cuando sentía que no era Nada. Nada más allá que un pequeño soplo de Viento, incapaz de provocar una Tempestad.

Observando a mis Mayores, rodeándome de sus Historias de Guerra, de esas Leyendas que iluminaban mis Noches como una Estrella Guía, era capaz de imaginarme a mí misma, envuelta en acero y cuero, teñida de Sangre hasta las Entrañas… Como si mi propio Interior fuera un Lienzo en Blanco, ávido de Cicatrices que relatasen mi Vida.

Mi Corazón con forma de Rodela Aguamarina tenía infinidad de Marcas, Heridas Mal Curadas y un sinfín de Sueños tatuados en el Escudo que, con el paso de los años, se había convertido en Coraza.

En más de una ocasión, mi Coraza se abolló, hundiéndose en la Piel del Alma, hasta dibujar moratones que se extendían como la tela de una araña, creando un Mapa Invisible para Muchos, Visible para los Pocos a los que les permití conocer mi Tímida Desnudez.

No hubiera sido posible recomponer mi Todo, sin la Paciencia que demostraron los más Maravillosos Maestros Herreros con los que me topé. Sin embargo… Fue en esa Soledad que envuelve al Guerrero, en la que encontré un Lugar Seguro para forjarme de nuevo. Para volver a empezar.

He aprendido a no sentirme Pequeña. A hacer de mis Debilidades, Fortalezas.

Y, aún así, en ocasiones, regresa esa Sensación…

Cuando estoy ahí, en el Campo de Batalla, soy incapaz de olvidar que, aunque estoy rodeada de Guerreros que luchan a mi vera, solo yo empuño mi Espada. Solo yo soy responsable de mis Actos. Porque mis Actos siempre van a traer consecuencias que debo asumir.

Qué Difícil es volver a Confiar…