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La Dadora De Sangre (Cuarta Parte)

La Luz del Sol cegó sus pensamientos, mostrándole la Aurora más brillante que jamás había visto.
La luminosidad de las primeras horas de la mañana bañó su cara como bienvenida a una etapa que él solo podía sentir de delirio.
Arriba, ya en la encima, se arrodilló con el cuerpo de Asalhia aún entre sus brazos e insultó a todos aquellos Dioses que habían permitido aquella atrocidad. Gritó de rabia. Gritó de impotencia.
Sin darse cuenta, sus lágrimas corrieron libres por sus mejillas tras tantos siglos sin hacerlo. Escondió su rostro en el cuello de Asalhia y acunó su cuerpo como sí de un bebé indefenso se tratase. Las gotas saladas que se desprendían de sus ojos bañaron el cuerpo de su esposa, limpiando la sangre reseca que permanecía incrustada sobre su blanquecina piel.
Se reprochó por no haber sido capaz de hacerle entender que ella era su Luz, que sin ella, solo habría Oscuridad.
Y siguió llorando por todos aquellos a los que había perdido por su arrogancia y orgullo, por aquellos a los que había dañado y alejado de él por miedo a que se hiciesen un hueco en su Corazón. Lloró por su madre, por no haber sido capaz de ver todos sus esfuerzos. Lloró por su padre, por no haber podido perdonarle cuando él se lo rogó en su lecho de muerte. Y lloró por Asalhia.


-  No me esperaba eso de ella.

La Anciana parecía tan enfadada ante el comportamiento de Asalhia, que sus dos Hermanas sabían que debían tratar el tema con extremada delicadeza.

-  Su Aura era tan poderosa y bondadosa que no llego a comprender como ha sido capaz de suicidarse... – Su voz denotaba decepción, también.
-  Las Llanuras Eliseanas le estarán vedadas. Su acto, precedido por ese estúpido ritual de Magia Negra, la convierten en una Renegada. Eligió el camino incorrecto. – Sentenció la Joven.
 Su Alma está en paz.

Ambas hermanas miraron incrédulas a la Niña.

-  ¿No me creéis? Acompañadme.

Siguieron sus pasos hasta el limbo, lugar donde Asalhia esperaba el paso hacia el Averno, consciente de lo que había hecho.
Las Tres Hermanas observaron la tranquilidad que transmitía la Bruja. Una extraña felicidad y una hermosa sonrisa parecían expresar que no sentía miedo por el castigo que sabía que recibiría al haber blasfemado y utilizado la Magia Negra para lograr su objetivo.

-   No se arrepiente. – Dictó la Anciana.
-   No lo has entendido. – Le rebatió la Niña.
-  ¿Qué hay que entender? – Preguntó la Joven.

La Niña las miró con tristeza, la ceguera de sus Hermanas ante el acto de reniego de Asalhia, les impedía ver más allá.

Sujetó sus manos y les dijo.

-  Creamos la Magia Blanca para combatir la Oscuridad que asola el mundo. Los Sacerdotes y Sacerdotisas de nuestra orden aleccionan a los jóvenes brujos diciéndoles que el único fin de su Magia es ayudar a la humanidad. – Ellas asintieron ante la explicación. – Sabemos que el Amor es el sentimiento más puro del que los mortales fueron dotados. Y solemos jurar que el Amor puede con todo.
-  ¿Qué quieres decir? – La Joven parecía confundida.
-  Asalhia ama a Mihael. Su Amor ha sido tan fuerte que ha dado su vida por devolverle a ese Vampiro su Alma. Sabía que estaría condenada para siempre, pues el castigo de los renegados no tiene piedad. Adora su magia, os consta. Y a pesar de todo ello, aquí está. Muerta, esperando su castigo. Un castigo que no se merece. El Amor es nuestra máxima y ella ha luchado por salvar el suyo, a pesar de las consecuencias.

La Anciana y la Joven se miraron y comprendieron que su hermana pequeña tenía razón. Ayudarían a Asalhia a pasar al otro lado.


El mediodía elevó el sol sobre la cabeza de Mihael, que no era capaz de enterrar a Asalhia.
La calma reinaba en el monte, pues el silencio había agotado las lágrimas de aquel que, una vez, fue inmortal.
Una tempestad se levantó a su alrededor, haciendo que el viento silbara entre las ramas de los árboles.
En el centro de aquel remolino continuaba la quietud.
Tres hermosas mujeres se  presentaron ante él, altivas como diosas.
Los cabellos de la más mayor eran tan blancos que parecían hebras de plata envejecida, portaba un cetro de plata acabado en una triqueta y vestía una túnica hasta los pies de un intenso color azul oscuro.
La belleza de la juventud brillaba en la segunda, sus rojizos cabellos parecían de fuego y hacían juego con una túnica bermellón, en sus manos sujetaba con firmeza una espada.
Y la más pequeña, era solo una niña de trenzas rubias que no aparentaba más de seis años. Vestía una túnica blanca.
Las tres Damas miraron con dureza a Mihael.

- A Asalhia no se le permite el paso a las Llanuras Eliseanas. La Dadora de Sangre la ha condenado al Infierno. – Le habló la Anciana.
-  Por su sacrificio, vagará entre las sombras y la ausencia de Luz debilitará su Alma, hasta hacerla desaparecer. ¿Se merecía ella esto? ¿Merecía pagar por tus pecados?
- ¡¡No, por supuesto que no!! – Rugió Mihael. – Debí darme cuenta… Nunca se lo hubiese permitido. No…

El dolor de Mihael se podía palpar con solo alargar los dedos de la mano.

-  Esto no tiene sentido sin ella...
-   Ella te ha dado la oportunidad de volver a ser feliz, ¿la rechazas? – Le preguntó la Anciana.
- ¡¡Sí!! Sí, la rechazo. No sé vivir si no es con Asalhia a mi lado. No quiero despertar cada día sabiendo que no será a ella lo primero que vea. Mi Mortalidad no es un regalo. Es una Maldición…
-  Estás ciego. Asalhia ha muerto. Te ha devuelto tu Alma, ¿qué más puedes pedir? – La Joven hurgaba en sus heridas sin compasión.
-  ¿Qué sabréis vosotras lo que es el Amor? – Les espetó. – Asalhia ya me salvó siendo un Vampiro. Prefería ser un no-muerto a su lado que un mortal lejos de ella.
-   Necio. Hubieses sido un hombre joven eternamente y ella se habría marchitado con el paso del tiempo. La vejez habría acabado con ella y tú hubieses seguido viviendo para siempre. – Volvió a hablar la Anciana.

Mihael se quedó sin palabras y se encontró con la dulce mirada de la Niña. Ella se acercó a él y le sonrió.

-  Amas a Asalhia tanto como ella a ti... – Sus ojos le traspasaron. – Sí, veo en tu corazón que sí. ¿Harías cualquier cosa por ella?
-  ¿Lo dudas?
-  No, esperaba que tú tampoco. Mihael, ella no tiene Corazón, ya no puede sentir. Es necesario un Corazón para poder cruzar las Llanuras Eliseanas. ¿Me comprendes?
-   Sí. Lo haré.
-  Así sea...- La Niña puso su mano sobre el pecho de Mihael y antes de que éste quedase sumido en un profundo sueño, le susurró. – Recuerda, los Cuentos siempre acaban cuando se besa a la Princesa.


 Las Tres Hermanas, las Diosas de la Magia Blanca, se sentaron en sus tronos para ver el reencuentro de dos amantes.
-  No lo entiendo, ¿por qué le dijiste que Asalhia permanecería en las Llanuras Eliseanas?
-  Es sencillo, Anciana. Quería que fuese una sorpresa.
-   ¿Una sorpresa?
-  Sí… Ahora Asalhia y Mihael comparten el mismo Corazón. Será hermoso cuando ambos lo descubran.


El viento cesó.
Se había quedado dormido. ¡¡Qué extraños sueños había tenido!!
Asalhia.
Asalhia estaba tumbada en el suelo, junto a él.
Sonrió con tristeza. Parecía una de aquellas princesas dormidas de Cuentos de Hadas sobre los que solía hablarle en ocasiones.
¿Cuentos?
“Recuerda, los Cuentos siempre acaban cuando se besa a la Princesa.”
¿Dónde había escuchado esa frase antes?
No podía recordarlo.
Se sentía tonto, pero… ¿qué podía perder?
Se acercó a Asalhia y le acarició su pelo rubio que, tantas veces, había enredado entre sus dedos al hacer el amor.
Cogió aire.
Sus labios se posaron sobre los de ella y la besó con los ojos cerrados, rogando que aquellos cuentos, inventados por escritores fantasiosos, fueran reales.
Nada.
Esperó un par de segundo.
Nada.
¡¡Qué idiota!!
Se sentó y se abrazó a sus rodillas. Volvió a llorar.
Una mano rozó su espalda y se sobresaltó.
Miró a Asalhia y se encontró con sus ojos abiertos, llenos de vida.
Sus labios sonreían.
La piel de su cuerpo iba perdiendo la palidez, recobrando su color habitual.
Y, entonces, no supo qué hacer.
¡¡Eso sí que debía ser un sueño!!
Ella se incorporó y se lanzó a sus brazos, olvidando su desnudez.
Se rió.
Su risa inundó el campo y Mihael supo que, aquello, solo podía ser un milagro obrado por esos Dioses a los que había odiado tanto.
Se fundieron en un beso largo.

-  Nunca más voy a dejar que te vayas.
- Lo sé, Mihael.

Su incredulidad aumento cuando se percataron que sobre el pecho izquierdo de ambos, había aparecido un fénix dibujado.


Un solo Corazón que los uniría para siempre, pues ambos habían vencido a la Vida y a la Muerte por Amor. 


Nota: En fin... Que ya que estaba puesta, pues lo termino de publicar entero y listo... Lo curioso es que esta tarde he quedado con la Personita que me animó a escribir este relato hace cuatro añitos... Yo por entonces ya era una gran consumidora de las Novelas de la Saga Dark Hunter y de la Temática Gótica, con todos sus Vampiros y Brujas y esos Amores tan Imposibles... El caso es que Asalhia iba directa al Averno tras realizar la Dadora De Sangre y Mihael debía vivir en Soledad y Bla, Bla, Bla... Pero cuando esa Personita leyó el "primer borrador", me pidió que cambiase el final... Y lo cierto es que lo hice... Mihael tuvo una Historia detrás real, de alguien que tuvo que aprender a sacarse las castañas del fuego desde que no era más que un criajo, así que me pareció poético transformarle en un Vampiro. Y Asalhia... La Bruja Redentora... Me gustó siempre por la Inocencia y la Paz que transmitía... De esa manera, Vampiro y Bruja podía ser el Ying-Yang, cómo dos elementos contrapuestos que debía permanecer unidos... Pero hubo un Principio que nunca llegué a terminar de escribir, un Principio que solo tiene 6 únicas páginas... Pero si no recuerdo mal, Mihael era un Vampiro muy peculiar, con una misión muy especial... Creo que se alimentaba de Sangre de moribundos, de enfermos terminales, dándoles así la opción de Renacer como un No-Muerto, como una especie de Ángel de la Muerte que, de alguna manera, velaba por los Humanos... Y si tampoco recuerdo mal, conoció a Asalhia una de esas madrugadas, donde Él impartía "justicia" a su manera y Ella le recriminaba aquel acto de crueldad... ¡Dioses! La cantidad de Historia que se quedan escondidas en la Mente... ^^ 


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