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El Sueño De Morfeo (Primera Parte)

Huellas de pies descalzos se dibujaron en las baldosas del frío suelo, marcando los pasos de una danza invisible, volátil, de esas que solo se podían bailar cuando los hombres dejaban volar su imaginación y las puntas de los dedos rozaban nubes de colores no inventados aún.

Muy lentamente, rodeado de un silencio místico, mágico, de Deidad eterna y de caminante entre dos Mundos, Morfeo atravesó el pasillo, reteniendo el oxígeno dentro de sus pulmones, olvidando quién era, qué era, para así poder contemplar a la joven que le impedía dormir.

- ¡Maldita sea! – Su voz fue un susurro temeroso, nervioso, espoleado por cientos de miles de diminutas maripositas estelares revoloteando en el interior de su estómago. El Dios del Sueño se sentía confuso, perdido, incomprendido. - ¿Cómo es posible?

“¿Cómo es posible?”, “¿Por qué yo?”, “¿Por qué a mí?”, eran las preguntas más frecuentes, interrogantes constantes que le perforaban el cerebro y, si eso era un gran riesgo para una Deidad, más lo era cuando las cuestiones sin respuesta se enredaban con los latidos de su Corazón, con aquel “dum-lup, dum-lup, dum-lup” que sabía a caramelos de mora y piruletas de chocolate. Un dulce aroma a Libertad, Amor y Pasión que su Alma nunca había experimentado hasta entonces, pues nunca antes el Hijo del Olimpo había sido consciente de la Mortalidad, de su propia Mortalidad, de aquella Mortalidad que se suponía solo estaba destinada para los Seres Humanos.

Con mimo, Morfeo apoyó su frente sobre la puerta cerrada del cuarto donde descansaba su Bella Durmiente, permitiendo a sus iris plateados fundirse con la oscuridad, armándose de un valor que nunca había necesitado para introducirse sin permiso en los Sueños de los otros, sin importar si su condición era de Dios o de Mortal. Tiernas, las manos del hombre recorrieron la superficie de roble, despacio, muy, muy despacio, como si la madera fuera piel, centímetros y centímetros de cuerpo, del cuerpo de su Sueño, de su Pesadilla al mismo tiempo, de su Todo, de su Nada.

Un juego. Eso era lo que había sido siempre. Una aventura. Un divertimento. El Dios del Sueño era un tirititero orgulloso, arrogante y altivo. Un enemigo fabuloso, un guerrero extraordinario, un asesino de realidades. El único ser capaz de doblegar a aquel que osase hacerle frente, pues los secretos, los miedos y los puntos débiles del Mundo flotaban a sus anchas en su Reino, se retorcían y se agitaban, se aliaban con la Noche y, cuando los párpados caían y se dejaban sumir en la seguridad de lo que se suponía el Sueño, Morfeo atacaba y rasgaba las horas, atando a Dioses y Mortales en contra de su voluntad, reteniéndoles en sus dominios. Pero… No siempre era así. No siempre había Pesadillas. La Deidad Olímpica también podía ser compasiva y amable, mostraba toda su dulzura y ternuras con las más pequeños, a quienes, atraído por esa Fantasía que inundaba la infancia, les regalaba todo tipo de excursiones oníricas, viajes por la Imaginación, Dragones y Duendes, Princesas y Súper Héroes, Monstruos contra los que luchar para poder alcanzar tesoros maravillosos.  

Y entonces… Entonces, una madrugada, de esas en las que tenía ganas de hacer explotar la cordura de los Seres Humanos, saltando entre sus terrores, azuzando a los Demonios a provocar sudores fríos y despertares entre gritos, se perdió en su propio Reino…

Los aullidos guturales lo atrajeron de inmediato, murmullos de muerte y destrucción que se extendían como ecos desacompasados entre los cascotes carcomidos de las ruinas de un edificio de cinco plantas. Un esqueleto de hormigón y recuerdos calcinados, vigas retorcidas e historias que debían haber sido olvidadas hacía demasiado tiempo.

Morfeo frunció el ceño, contrariado, apretando las mandíbulas y haciendo que sus hermosas y terribles facciones se contrajesen en una mueca de desagrado. La cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo, salvado gracias al ingenio de Asclepio y que, a pesar del corte, no había perdido ni un ápice de belleza, y que se extendía a través de su pómulo, hundiéndose ligeramente sobre la mejilla, acompañó a su dueño en aquel movimiento de enfado. Las botas militares del Dios del Sueño se movieron por una orden imperativa del cerebro, pero, al hacerlo, un chapoteo ruidoso y asqueroso resonó bajo la suela. La ceja derecha se elevó como un resorte, extrañado por lo pegajoso que estaba el suelo y, por primera vez desde que había aparecido de la Nada, su mirada descendió rápida y curiosa hasta el pavimento alfombrado por una masa sanguinolenta y espesa, carne putrefacta y gusanos que se estaban dando el festín de su corta vida.

 ¡JO-DER! – La exclamación fue escupida con interés, dos sílabas que rozaron las cuerdas vocales de Morfeo a una velocidad vertiginosas y que, sin ni siquiera pretenderlo, se convirtieron en una llamada urgente. - ¡JO-DER!

La sangre del Dios del Sueño golpeó sus venas y arterias. Enrabietado y enfurecido, el líquido escarlata comenzó a burbujear con rapidez, provocando la ira de Morfeo. Un cabreo peligroso. Demasiado peligroso. Ese lugar, ese edificio… No le pertenecía. No había sido creado con sus hilos oníricos. Aquel lugar, aquel edificio… Estaba dentro de sus dominios, pero no le pertenecía.

- ¡JODER! ¡JODER! VOY A ENCONTRARTE Y….

Los gritos de la Deidad Olímpica se extinguieron, sorprendidos, agarrotados en la garganta, se vieron desprotegidos de pronto y enmudecieron de golpe. Apagados por la mirada de ojos muertos que tenía frente a sus ojos de Luna, Morfeo se mordió la voz, presa de un miedo desconocido, al encontrarse en medio de una de sus creaciones, de una de sus múltiples Pesadillas. Los Zombies no respondieron a sus órdenes mentales, ni a sus mandatos, ni a ninguna de sus exigencias, parecían no tener dueño, parecían no escuchar al Dios del Sueño. Estupefacto y atónico, nada podía hacer, salvo tratar de escapar de aquella marabunta de Muertos Vivientes que le cercaban, extendiendo sus brazos sin músculos, carne desgarrada y cuerpos mutilados, entrañas y vísceras carcomidas por otros de su misma condición.

 ¡A LA MIERDA!

Una espada rasgó el aire, seccionando de cuajo una cabeza con cuatro pelos, boca desdentada y la mirada perdida, un globo ocular que colgaba como un yo-yo, balaceándose de derecha a izquierda. Como una pelota, la cabeza silbó contra el viento, golpeando una y otra vez a un par de Caminantes, hasta terminar aplastada por los pies muertos de aquellos que habían sido sus hermanos. Cubierto de sangre, el Lobo que abría sus fauces en una camiseta negra, despertó de su letargo y, fruto de los Sueños, el animal se posicionó al lado de Morfeo que, arma en mano, luchaba cuerpo a cuerpo contra la Muerte hecha enemigo, que, sin parar, sin detenerse, iba reduciendo su espacio vital a un diminuto círculo.

 ¡NO TE RINDAS! – Valientes y atrevidas, las tres palabras se colaron con suavidad entre los alaridos, rebotando contra las paredes de cuerpos sin vida, pero cargadas de seguridad. – VOY A…

La voz de mujer se extinguió, como segundos antes había sucedido con la suya propia, convirtiéndose en un espejismo auditivo. Estaba solo. El Dios del Sueño estaba solo. Conocía el mecanismo de las Pesadillas, estaban llenas de falsas esperanzas, de ilusiones que no eran más que humo, que dejaban a sus protagonistas con su único yo como ayuda.

- … A echarte una mano… - Una sonrisa divertida, infantil y preciosa se estampó frente al rostro de Morfeo. Una sonrisa amparada por un rostro imperfecto, pero bello, salpicado de pequeñas gotitas de sangre, que, como tatuajes, explicaban el relato de cómo, espada en mano también, se había abierto paso entre la maraña de Zombies. - ¡¡Ufff!! – La joven dejó escapar el aire con rapidez, obligando a sus pulmones a prepararse para una nueva bocanada de oxígeno, necesaria y urgente. Sus iris castaños sonrieron a su vez, cansados, pero graciosos, fijándose con descaro en los plateados del Dios del Sueño. – Hace mucho que nadie viene a la ciudad…


 Nota: El Morfeo de mi cabeza es tal que así... ;P




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