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Caperucita Feroz

Inocencia: Falta de culpa. Exención de toda culpa en un delito o en una mala acción. Ingenuidad, falta de malicia.

Feroz: Fiero, aplicado a animales carnívoros que atacan y devoran a sus presas. Que causa daño, terror o destrozo. Cruel. Enorme, tremendo. 

Dulzura: Sabor suave y agradable al paladar, como el del azúcar o la miel. Suavidad, deleite. Afabilidad, bondad, docilidad. 

Deseo: Fuerte inclinación de la voluntad hacia el conocimiento, consecución y disfrute de algo. Lo que se desea. Apetito sexual. 


Con lentitud depredadora, Caperucita posó sus dedos, hábiles, juguetones y dotados de una magnetismo seductor sobre las hebillas de su chupa de cuero rojo escarlata. Uno a uno, los cuatro cierres metálicos se fueron separando, acompañados de suaves arañazos, marcando las fronteras entre una inocencia pícara y la lascivia más feroz.

Bajo el escudo protector teñido de sangre brillante, un vestido de novia, con cuerpo de mikado de algodón, falda de organza vaporosa y cinturón con pedrería plateada, se ajustaba a la perfección al sinuoso cuerpo de la joven, marcando cada curva, destacando cada centímetro de su piel sobre la anterior, en una mezcla de ingenuidad y deseo perverso que no sabría especificar si se trataba del Ángel más puro del Infierno o el Demonio más pervertido del Reino de los Cielos. 

Había sido una niña buena, obediente, responsable, pero con un toque de rebeldía inocente, traviesa y una curiosidad que amenazaba con hacer temblar las raíces del Bosque Encantado. Sus iris negros como tinieblas solían fundirse con la oscuridad de sus pupilas, dotando a su mirada de una fuerza feroz, de poder y de un sinfín de secretos enigmáticos, tentadores, capaces de provocar las más grandes locuras.

La boda había sido un completo fracaso, no porque Cazador no fuese apuesto, galante y peligroso, escopeta en mano, podía ser tan salvaje como una fiera, tan atrevido como el que más. Pero no era más que una fachada, una máscara que se había hecho añicos, mil piezas de mentiras que entrechocaron unas con otras, cuando el Lobo la secuestró. Sin contemplaciones, sin remordimientos, con la seguridad propia de un depredador experto, se había internado en su cuarto, a oscuras, cuando las luces de los candiles se extinguían y las llamas empezaban a parpadear, temerosas, asustadas, pues la Noche se volvería caótica y, con ella, las Bestias del Bosque saldrían de sus escondrijos.

El grito había sido de terror, un pánico atroz que recorrió una columna vertebral, miles y miles de escalofríos helados que erizaron una piel curtida, trabajada, sin ningún ápice de grasa, marcada por cicatrices provocadas por supuestos Licántropos tontos que, ante la posibilidad de acabar con una vida humana, no dudaban en atacar a cualquier bobo que paseara a horas intempestivas. Solo que el chillido agónico, asustado y de niño pequeño buscando las faldas de su madre, no había sido de Caperucita, sino de Cazador. Sí. Cazador se había escondido bajo las mantas de lo que debería haber sido su futuro lecho nupcial, bajo sábanas entre las que tendrían que haber retozado como adolescentes enloquecidos de amor y no una mezcla de sudor, miedo y a saber qué más… Fuera como fuese, Cazador se había acongojado ante la presencia del Lobo y el Lobo había secuestrado a Caperucita sin encontrar resistencia. 

Así que, Caperucita se había visto envuelta en un cuento infantil que distaba demasiado de la realidad. Nada se decía en su historia de la abuela. ¡Dioses del Averno! Incluir a la dulce y sentida abuelita en aquella verdad desconocida por el público en general, habría provocado un escándalo vergonzoso. O no. Eso era algo que aún estaba por descubrirse.

Caperucita se llevó el dedo índice a la boca y, con mimo y dulzura, mordisqueó la punta con gracia e inocencia, en un gesto demasiado ingenuo, cargado de una lascivia tan brutal que su propio reflejo, en el espejo que decoraba el salón de la cabañita de madera, le erizó la piel, una descarga eléctrica que dejó diminutos puntitos sobre su cuerpo y que, finalmente, terminó convirtiéndose en un gemido de placer. Un ronroneo de deseo que acarició sus cuerdas vocales con suavidad, deleitándose del morbo que los recuerdos le provocaron, azuzando unas maripositas diminutas que habitaban en su estómago y que, traviesas y pizperetas, revolucionaban todo su ser. 

<<Lenguas enredándose sin compasión, ávidas de retos, deseosas de ser retadas, de perder duelos, de ganar otros por el simple gusto de volver a comenzar, una y otra vez, una y otra vez… Hasta que las bocas se volvían una y los labios se perdían en cada recoveco del cuerpo del contrario, en esa eterna lucha de lascivia, lujuria y sexo salvaje que terminaba en arañazos sobre espaldas desnudas, muerdos peligrosos y el aroma del enemigo impregnado en la propia piel, tatuada por manos capaces de regalar las caricias más tiernas, las más animales, las más dulces e inocentes, feroces, capaces de desgarrar y coser el Corazón y seducir el Alma…>>


Las sensaciones se durmieron entre el cristal y las imágenes que se dibujaron en su mente perversa, ilusa, soñadora, que destilaba una fantasía que no era tal, sino la esencia de un encuentro fortuito, calculado y premeditado del que Caperucita había sido la víctima y, al mismo tiempo, verdugo cruel. 

El Lobo se acercó, engatusador, rabioso de excitación y deseo. Con su aire de motero peligroso, las greñas revueltas y la barba incipiente. Apariencia indomable, espíritu indisciplinado y desobediente. Sus manos fuertes, de dedos seguros y arrogantes, se deslizaron sobre la superficie de algodón, con lentitud, recorriendo la tela, sorteando al enemigo de pedrería plateada, sumergiéndose bajo la chupa de cuero roja, hasta encontrarse con unos botones forrados con delicadeza, que cerraban el vestido en la espalda de Caperucita.

- Dime, Lobo… ¿Dónde irás? - Una sonrisa tímida, inocente y cargada de erotismo, iluminó el rostro angelical de la joven, con aquella dualidad de sumisión y dominación que mostraba en cada uno de sus movimientos. Su propia mano, la izquierda, aquella con la que nunca se juraba sobre el corazón, se interpuso entre sus pechos, posándose sobre la camiseta desteñida del Lobo, presionando con una fuerza delicada, obligándole a separar sus cuerpos. – Si en mis redes caerás…

El Lobo se mostró confuso, envuelto en un juego desconocido, en el que Él era la presa, y Caperucita una depredadora que había aprendido, demasiado pronto, el noble arte de la seducción. Sin embargo, sus labios se movieron arrogantes, satisfechos, dispuestos a no ceder terreno ante la sonrisa pícara de su oponente, mostrando una sonrisita a su vez, de quien no está dispuesto a dejarse ganar.

Pero Caperucita… Caperucita era mucha Caperucita. Díscola en ocasiones, testaruda en otras, tierna a más poder y con unos valores propios, sabía que entregarse al Lobo iba contra su propia moralidad, contra aquellos principios de los que no quería escapar, a pesar de la atracción fatal que ejercía sobre su cuerpo y su mente, nublando cualquier razón e inconsciencia, desterrando toda cordura y locura.

- Lobo, Lobito… - La voz de la joven fue un susurro meloso y atrevido. – Qué ojos más grandes tienes...
- Son para verte mejor… - Los iris castaños del depredador refulgieron, dos ascuas animales, brillantes, que recorrieron el cuerpo de Caperucita, desnudándola con la mirada, muy lentamente, disfrutando del contacto invisible que le brindaban. – 
- Lobo, Lobito… - Caperucita se mordió el labio, pícara, ingenua y juguetona. – Que orejas más grandes tienes… 
- Son para oírte mejor… - Un jadeo se escapó sin permiso, rasgando la garganta del Lobo, regalándole a la joven una rendición anticipada. – 
- Lobo, Lobito… ¡Qué dientes más grandes tienes! 
- Son para… - Ardiendo, con el fuego y la lascivia quemándole las entrañas, haciendo hervir la sangre hasta evaporarla de las venas, el Lobo se abalanzó sobre su presa, dispuesto a hundir sus dientes en su cuello. Muerdos que erizarían la piel de Caperucita, la suya propia, que, a duras penas, lograrían salvar a la joven de un cautiverio que se prologaría durante días. – Comerte mejor… 

Caperucita pegó un respingo y, del susto y la excitación, terminó estampando la rodilla derecha contra la pared, lanzando un alarido de dolor que se confundió con los gemidos que, hasta aquel momento, habían estado chocando contra todos los muebles de su cuarto. Tenía el camisón rojo pegado al cuerpo, como una segunda piel y, las sábanas, más que sábanas, eran un revoltijo de telas deshechas, que se esforzaban por mantener la compostura del lecho. El sueño había terminado. Así sin más, como terminaban todos. De golpe, con esa extraña sensación de realidad que los impregnaba y que hacía dudar de su consistencia. 
Había sido una niña buena hasta entonces y si… ¿Y si había llegado la hora de convertirse en Caperucita Feroz? 




Nota: Este relato fue publicado en mi cuenta de mi Personaje de Rol en Twitter (@NerharNix) el 1 de Noviembre de 2014 http://www.fullstory.co/31j68
Y está inspirado en la canción de Caperucita Feroz de Döria https://www.youtube.com/watch?v=XmchQe_Riio

Comentarios

  1. Me ha encantado el relato ^^
    La foto lo enmarca perfectamente además de ser preciosa ^^
    Un beso!!! :)

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    1. ¡¡Muchas Gracias!! *-*
      Es un relato bastante especial para mí... Porque es como esa inocencia, mezclada con timidez, que muchas chicas tenemos y que está en contraste con ese lado Feroz que solo sacamos con quién nos parece muy especial ;)
      ¡¡¡Besitos!!! ^^

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  2. Estupendo relato! Me ha gustado mucho la forma en que nos llevas a vivir de primera mano las experiencias, sentimientos y forma de ser de esta singular caperucita. No solo convence al lobo, sino también a los lectores, de que es una depredadora con piel de víctima. Menuda víctima! Muy bueno, me ha gustado mucho.

    Un saludo!

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    Respuestas
    1. ¡¡Muchas Gracias Julia!! *-* Por dedicarme un poquito de tu tiempo en leerme ;) Y por tu opinión!! ^^ Me gusta la dualidad que existen entre términos que se suponen contrapuestos... Víctima y Verdugo, Dulzura y Ferocidad, Salvajismo e Inocencia... Porque, en realidad, no creo que sean tan opuestos! Sino las dos caras de una misma moneda, de nuestra moneda y carácter!!
      Un besazo!! ^^

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  3. Me encanta!! Menudo giro le has dado al cuento!! Jeje Felicidades!!

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  4. La segunda piel de Caperucita, una víctima capaz de convertir a su cazador en un desmerecedor de su ser y a su secuestrador en presa de su lujuria, un mar de sensaciones cautivador, sensual, rebelde y libidinoso.
    Unos Muerdos muy sugerentes! Genial!
    ¡Abrazos Feroces Apañera! ;)

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  5. Vaya giro a dado tanto la historia como la propia caperucita. Inocencia transformada en lujuria, atrevimiento, sensualidad y erotismo. Un relato lleno de grandes descripciones que envuelven todo en una atmósfera sensual y juguetona, y que es cortado de golpe, cuando la prota se despierta, haciéndonos a nosotros despertar también, salir del estado hipnótico en el que logras sumirnos con tus maravillosas palabras y frases.
    Un abrazo, Campanilla.

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